“En el año 1599 un fraile franciscano, tras recibir una comunicación divina, transmitió a su superior -y éste al obispo de la ciudad- cómo acabar con la epidemia. El remedio, que al parecer funcionó, consistía en que la población portara sobre el pecho descubierto durante 15 días la imagen impresa en papel o pergamino de las Cinco Llagas, además de realizar una procesión en Jueves Santo con las Sagradas Insignias en andas. Cuentan las crónicas que en el plazo fijado por el sueño del monje la peste terminó”. Este texto está en la web del Ayuntamiento de Pamplona, sin indicar que no existe demostración científica ni histórica de ninguna clase que aclare la idea de que se trata sin más de una mera superstición o superchería -“tras recibir una comunicación divina”, literal- tan inválida como lanzar mocos al aire para detener las tormentas o danzar en pelotas con cajas de Kyns de Limón atadas a los huevos para que suba el PIB. El Ayuntamiento al que pago mis impuestos esto no lo detalla, un ayuntamiento aconfesional, dentro de un país aconfesional, dando pábulo a un acto privado de una confesión privada. No solo eso. Hoy, la corporación municipal acudirá a la procesión saltándose con descaro y desprecio el debido respeto tanto a la ley como a la inmensa mayoría de ciudadanos que no cree en esta religión, no cree en ninguna o sí cree en esta u otras pero considera una intromisión fuera de lugar que representantes públicos elegidos democráticamente formen parte oficialmente de actos de esta índole. Ha llovido mucho desde entonces y algunas tradiciones que precisamente se hacen valer de tal condición para que políticos e instituciones las quieran hacer tragables a los atónitos ciudadanos no son sino testimonio de tiempos peores y tenebrosos y por tanto indignos de formar parte de una agenda oficial o de que nada oficial forme parte de ellas. Basta ya.