Como diciembre fue más cálido y seco de lo habitual y se llegó al extremo de que si no es por un día que cayó un litro en Pamplona no hubiese caído una gota en todo el mes -algo insólito desde que existen registros allá por 1880. Javier Taberna Jiménez lo que es no recuerda algo así- en enero llovió 18 de los 31 días, en febrero 17 de 29 y en marzo 20 de 31, incluyendo el grotesco espectáculo de ayer tras el miércoles primaveral -o más- que hizo, lo que suma un total de agua en 55 de los 91 días, el 60%, amén de la racha de días enteros -del amanecer al anochecer- con nieblas bajas hunde cerebros más larga que recuerdo y, para acompañar, como unos dos o tres grados menos de lo habitual. A su vez, las precipitaciones en enero superaron en 1,5 la media histórica, en febrero se doblaron y en marzo ha sucedido lo mismo, lo que mezclándolo todo ha dado como resultado unos últimos tres meses que han dado por el culo a más no poder, por mucho que sepa que vivo en Pamplona y no en Barbate. Correcto, lo sé, pero esto los últimos años se parece más a pescar en alta mar que a vivir en tu ciudad. Si quisiese ser pescador en alta mar me hubiese apuntado a cursos o algo, no tengo ganas de serlo en asfalto, que tengo más temporal en mi balcón que viendo Pesca Extrema en la tele. ¡Y sin langostas! Y luego lo de las horas de luz. Lo de las horas de luz es casi más básico que todo lo anterior junto y de hecho todos los estudios acerca de la incidencia del clima en el cuerpo humano -yo de la gente que dice que no le influye no me fío. ¿Qué les influye, la clasificación de la WTA?- mencionan a las horas de luz como lo más crucial para el estado de ánimo. Este comienzo de año ese indicador para mí que sí que tiene que ser de los más bajos de siempre. Aunque no sé si tan bajo como la alegría que transmite este gobierno nuevo. ¡Más luz, coño, que solo se vive una vez!
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