La escuela infantil de 0 a 3 años de Ezcároz (Salazar), inaugurada en 2012, está cerrada desde septiembre de 2015 y los 3 niños que deberían ocuparla mientras sus padres y madres trabajan y se ganan la vida en el valle están en una bajera cedida por el ayuntamiento y sin ninguna clase de ayuda del Gobierno de Navarra. El Gobierno de Navarra resulta que establece un ratio mínimo de 4 alumnos y en Ezcároz hay 3, con lo cual los padres de Ezcároz se han tenido que buscar la vida y con la ayuda de su ayuntamiento, el de Navascués y la del valle de Salazar al menos pueden dejar a sus criaturas en alguna parte y con una educadora, pero con la escuela infantil municipal cerrada. Es la única escuela infantil municipal de las 81 que existen en Navarra que se ha quedado fuera del reparto de ayudas. Este es un claro ejemplo de cómo la administración funciona como un martillo pilón soviético, un triste ejemplo más de que las normas redactadas en la chupiguay capital Pamplona no sirven para determinados lugares, empeñados por lo que se ve en no morirse de golpe, tal y como parece que a algunos les agradaría: esa puta gente del Pirineo por qué no se morirán todos de una vez y así dejarán de joder. Pues, pese a todas las trabas, aguantan. Y lo único que reclaman es que ante situaciones excepcionales haya actuaciones excepcionales o cuando menos imaginativas o cuando menos justas. Esas personas tienen el mismo derecho que un pijo como yo de Pamplona de poder optar a llevar a sus hijos a una escuela infantil que no esté a 50 kilómetros. Derecho a poder ganarse la vida en su entorno, a una sanidad, a una educación, a unos mínimos que si allá cuestan unitariamente más a las administraciones pues que cuesten más. El Pirineo necesita urgentemente discriminación positiva. Pero no para tener más, sino para tener al menos lo mismo que los demás en las cuestiones básicas.
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