No sé si cambiar el nombre de una calle o de una plaza, por muy simbólico que resulte ya sea el lugar ya sea el nombre que se cambia o incluso el que se pone o ya sean los tres aspectos juntos da para que medio ayuntamiento tenga que ir para allá a hacer acto de presencia. Vale que es un momento liberador en la historia de una ciudad que por fin desaparezca del callejero y de las fachadas el nombre de un colaborador de una dictadura sangrienta y que se dé paso a un nombre más amable, universal y optimista, pero sigo sin ver qué de positivo tiene ver siempre en primera fila a los políticos de turno, copando la imagen del día, que no es otra que la del operario municipal quitando la placa antigua y poniendo la nueva y a lo sumo algunos cuantos integrantes de asociaciones republicanas y de la memoria alrededor festejando el momento. Vi ayer en la portada de este periódico una foto a 3 columnas -el ancho son 5- del operario entregando al alcalde la placa recién quitada y me recordó a la ingente y muchas veces innecesaria cantidad de fotos que se sacó y buscó Yolanda Barcina en los 12 años que estuvo de alcaldesa. Lógicamente, la decisión tomada por Asiron y el resto de grupos que tienen el poder de cambiar cosas es de aplaudir, pero eso no quita para que dé repelús la obsesión por hacerse tan presente en tantos lugares y tan en primer plano, como hacer discursos con atril y la antigua placa debajo y todo el diseño del evento como tal. Hay formas mucho más sencillas de hacer las cosas y maneras de ser alcalde mucho menos narcisistas, porque no habría que olvidar que narcisismo hemos tenido aquí para dar y regalar, tanto del estético como de ese que parece que las cosas pasan solo por acción de una o de uno. Se comprende la emoción del debutante, pero comprendan también el estómago del ciudadano, harto de veros, en general, incluso por cosas buenas.
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