A pie de obra

El dueño de mi muerte

17.02.2020 | 10:26

n o vi morir a mi padre. No llegué al hospital por una hora. Una hora de su tiempo ya muerto. Caronte se había cansado de esperar a un hombre que los últimos diez meses de su vida fueron una agonía sin desenlace. Había sufrido varios ictus que lo inmovilizaron por completo, que lo dejaron sin habla, y lo peor, mi padre no podía comer y además padecía ageusia, una enfermedad que le impedía saber a qué sabían los alimentos. No notaba nada, excepto cuando soñaba. Muchas veces me miraba desde el fondo del abismo en que se había convertido su vida, como solicitándome un salvavidas, pero ya estaba ahogado. Muchas veces nadé con él en ese infierno y muchas más pensé en ayudarle a morir porque, como dice Menéndez Salmón, no merece la pena vivir por lo que no se está dispuesto a morir. Incluso ideé un plan para convencer al médico que le atendía para que traspasar el espejo fuera un acto heroico, limpio y feliz. No pude y lo peor, él tuvo que esperar a que el cuerpo lo arrastrara hasta esa cavidad blanca llamada silencio. Muchas veces pienso en cómo sufrió esos días finales. Desenganchado ya de cualquier asidero, incluso de su fe, nunca sabré qué martirios fue capaz de soportar.

El pasado martes el Congreso dio el primer paso para regular la eutanasia. No es para menos. El 84% de los españoles están a favor de ello. Una ley que, si sale adelante, movilizará conciencias y desplegará toda la artillería moral de los biologicistas a cualquier precio. Y sobre la mesa estará el debate del propietario de la propia existencia. Si dios, el diablo, el estado o uno mismo. Lo tengo claro, si llega ese día quiero firmar mi propia sentencia. Pero no obligaré a nadie a que me siga con el ejemplo. Porque poseer una ética sobre la muerte, no obliga a extenderla por decreto a la conducta de los demás. Digo esto sin vehemencia alguna. Pido respeto. En nombre de ese 85% de personas que quieren evitar llegar a una fase terminal y dolorosa. Porque cada uno debiera tener la llave para cerrar la habitación de su propia historia.