Escribo estas líneas desde el cansancio, desde el hartazgo, pero sobre todo desde la necesidad de que se conozca una realidad que viven miles de personas: la del dolor crónico y el trato deshumanizado que a veces recibimos en los servicios sanitarios.

Hace más de once años que convivo con un síndrome de dolor regional complejo. Once años en los que el dolor intenso en las piernas y la espalda se ha convertido en mi compañero de vida. Once años intentando sobrevivir a cada día, a cada noche interminable, con una dignidad que se va erosionando cada vez que el sistema te falla.

Cuando el dolor se vuelve insoportable, cuando ya no puedo más, acudo a urgencias. Y no lo hago con la ingenuidad de quien espera un milagro. Sé perfectamente que no hay cura. Solo pido algo tan básico como humano: que me ayuden a bajar el umbral del dolor lo suficiente para poder volver a casa y soportar el día a día con un mínimo de dignidad.

El pasado 19 de diciembre acudí al servicio de urgencias del hospital de Tudela. Tras esperar

alrededor de dos horas, entré a la consulta con la esperanza de encontrar alivio. Lo que encontré fue algo muy distinto.

La médica que me atendió comenzó la consulta con estas palabras: “¿Tú qué te crees? Si tú no tienes solución, yo no te voy a curar”. Me quedé helado. Le expliqué con toda la calma que pude reunir que no acudía esperando una cura, sino alivio para el dolor. Aun así, durante toda la atención, el tono fue frío, serio, borde. Me habló de manera poco empática y, en ocasiones, grosera.

Le insistí en que, si conseguíamos bajar un poco el dolor, podría irme a casa y estar algo mejor. Su respuesta fue que, con la medicación que tomo habitualmente, no podía hacer nada más. En un momento dado, me recordó que ya me había atendido un mes atrás –el 13 de noviembre–, cuando acudí con volante de mi médica de cabecera por los síntomas que presentaba. Aquel día, su respuesta fue: “¿Qué crees, que te está dando un ictus o qué?”. Le respondí con sinceridad que el trato tanto entonces como ahora había sido igualmente malo. También le comenté que otros profesionales del mismo hospital sí habían mostrado empatía y comprensión hacia mi situación.

En un intento desesperado de hacerle entender lo que supone vivir con este dolor constante, le dije que ojalá pudiera ponerse en mi lugar, sentir lo que yo siento durante un mes, como llevo haciéndolo más de once años. Su respuesta fue seca y desagradable: “¿Y tú qué sabes si yo lo he tenido?”. Le contesté que, si alguna vez había pasado por algo parecido, sabría lo que es vivir así y lo importante que es un trato humano.

La consulta terminó con una recomendación tan simple como dura: “Lo único que tienes que hacer es meterte en la cama y descansar”. Le expliqué que ya paso prácticamente las 24 horas en la cama, y que no sé cómo podría “descansar más”.

Imaginen lo que es vivir así. Imaginen despertarse cada día sabiendo que el dolor estará ahí, que no habrá tregua, que cada movimiento es un desafío. Imaginen acudir a un hospital buscando alivio y encontrar indiferencia, frialdad, juicios. Imaginen que te traten como si fueras un incordio, como si tu sufrimiento no fuera real o no mereciera atención.No escribo esto para señalar a nadie en concreto, sino para sensibilizar sobre una realidad que permanece invisible. Las personas con dolor crónico existimos. Sufrimos. Y merecemos respeto.

No pedimos milagros. No esperamos que nos curen de algo que sabemos incurable. Solo pedimos comprensión, empatía, un trato digno. Que cuando entremos por la puerta de urgencias, se nos vea como lo que somos: personas que sufren y que necesitan ayuda.

La sanidad no solo debería curar cuando puede, sino cuidar siempre. Porque hay enfermedades que no tienen cura, pero no hay excusa para que no haya humanidad. Porque a veces, una mala palabra, un gesto despectivo, una falta de empatía... duelen casi tanto como la propia enfermedad.

Vivir con dolor crónico ya es suficientemente duro. No lo hagamos aún más difícil con nuestra indiferencia.