Podría comenzar contando un cuento con final feliz, terminar con un colorín colorado y dedicarnos todos y todas a vivir felices y comer perdices (estos pobres animalitos, únicos infelices al final del cuento) pero, por desgracia, los palacios de los cuentos a veces se convierten en un castillo de naipes.

Y es que no es tan sencillo como catalogar de bueno y malo a cada individuo en una interpretación maniquea de la sociedad, que por otro lado está muy de moda. No siempre que el resultado no es el deseado es por falta de voluntad, muchas veces es la falta de dotación de medios tanto humanos como materiales, la falta de organización u otras causas, las que llevan a una parte a figurar injustamente como los malos del cuento. Y esto me lleva a hablar de qué es hacer las cosas bien y de discapacidad e inclusión.

En una sociedad cada vez más individualista, enfocada en objetivos y no tanto en procesos, enfrascada en una carrera frenética hacia éxitos personales, vamos dejando por el camino a muchas personas que nos podrían dar muchas lecciones si nos detuviéramos un momento.

Cuando hablamos de personas con diversidad funcional, hablamos sencillamente de la necesidad de adaptar el medio para que puedan desarrollar su vida plenamente. Y cuando concretamos y hablamos del ámbito laboral hablamos exactamente de eso, de adaptar los puestos de trabajo a las personas, para que puedan desempeñar su trabajo desarrollando al máximo sus potencialidades. Hoy hablamos de inclusión y por justicia, hay que decir que hemos avanzado mucho si echamos la vista atrás y que seguimos avanzando, aunque queda mucho camino por recorrer.

Tras las crisis económicas, la alta tasa de desempleo y las dificultades del mercado laboral, muchas personas dirigen su mirada hacia la Administración pública como puerta de acceso al mundo laboral y entre ellas, personas con diversidad funcional que buscan estabilidad en sus vidas laborales. El acceso restringido, supone una posibilidad nada desdeñable.

Ahora bien, la realidad es testaruda y nos enseña la otra cara de la moneda. Si el puesto no es acorde a las características de las personas, si no se adapta a las necesidades individuales, el riesgo de no conseguir un desempeño óptimo aumenta. ¿Esto qué supone? Que hay situaciones en que la mirada se dirige hacia la persona con discapacidad, cuando se debería dirigir a la organización, a la falta de personal, de medios u otras variables.

Si tengo que desempeñar un trabajo no sólo va a ser fácil o difícil en función de mis capacidades sino también de los medios de los que dispongo. Pongamos un ejemplo sencillo, si tengo que desplazar un objeto pesado posiblemente no podré. Eso no me convierte en una persona incapaz, sencillamente no dispongo de medios. Si tengo una carretilla o somos dos personas, el resultado cambia. Ya lo dijo Arquímedes, “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

Y no es necesario mover el mundo, entiéndanme, sí las barreras que impiden que todas las personas podamos vivir en igualdad de condiciones y en todos los ámbitos.

No debería recaer en el equipo de trabajo responsabilidades que no son suyas. La buena voluntad de echar una mano se convierte a veces en un arma de doble filo, sobre todo, si se convierte en la alternativa a una adaptación del puesto y las condiciones de trabajo. Cuando se convierte en una sobrecarga, las relaciones se deterioran. Las personas no necesitamos que nadie nos salve sino poder realizar nuestro trabajo de forma plena e independiente. Un estudio apropiado del puesto, un análisis exhaustivo de las funciones y la consiguiente distribución equitativa de las mismas, un seguimiento y refuerzo positivo, el análisis de las responsabilidades, la coordinación de los equipos de trabajo, en definitiva, el eliminar barreras físicas y psicológicas y el no dejar nada al azar, minimizan los posibles riesgos psicosociales.

Cuando los medios no son los apropiados, cuando las premisas son falsas, el silogismo también lo es y las conclusiones erróneas pueden producir un daño psicológico en la autoestima de personas que, les puedo asegurar, no sólo dan el cien por cien sino que en muchas ocasiones nos dan un ejemplo de superación y de vida.

La autora es delegada de Prevención de Riesgos Laborales de CCOO