En la calle Curia, número 3, en pleno corazón de la Navarrería, el emblemático bar La Hostería del Temple alcanza su 60 aniversario como uno de esos bares de los de toda la vida, con producto de kilómetro cero, trato familiar y con una cocina casera reconocida por su sabor tradicional. Un refugio cotidiano, de los que apenas quedan en Pamplona y con el paso de los años se ha convertido en un referente, sobre todo, del sabor de sus platos de temporada.

La historia del Temple arranca en los años sesenta, cuando la familia Fernández Santacruz, procedente de Espronceda, en la Sierra de Codés, decidió dejar atrás el campo para probar suerte en la hostelería. “Mi padre era agricultor. Éramos seis hermanos y teníamos que empezar a movernos”, recuerda Maite Fernández Santacruz, dueña del establecimiento. Sin experiencia previa en el sector, estos alaveses dieron el paso y se instalaron en Pamplona para hacerse cargo de lo que entonces era el Bar Goñi que, dos años después, sería completamente reformado para dar lugar al Temple.

Aquellos primeros capítulos fueron también una escuela de vida. Los hijos comenzaron a trabajar muy jóvenes, repartiéndose entre la barra y el comedor. “Con 15 años ya empezábamos todos a trabajar. Yo empecé detrás de la barra, pero me subí rápido a la cocina”, explica Maite. Con el tiempo, el negocio fue consolidándose como un bar de referencia en la zona, apoyado en cocina tradicional, producto de temporada y constancia. Una receta sencilla que ha conquistado durante seis décadas a una multitud de paladares que, cuando degustan sus recetas, no dudan en volver.

Esa esencia sigue intacta. “Es cocina tradicional, de temporada. Vamos cambiando: cuando acaba la alcachofa empieza el espárrago, luego el tomate. Y así, sucesivamente para servir siempre producto fresco y de calidad”, resume Maite. En la carta conviven los guisos de siempre –menudicos, carrilleras, manitas– con producto local a la plancha, fritos y platos que han ido ganando fama propia y que se han convertido en un imprescindibles. “La casquería encanta. Las manitas o los menudicos no duran dos días”, asegura.

Pero si hay algo que define al Temple no es solo lo que se come, sino quién vuelve. El paso del tiempo se mide aquí en generaciones. “Ahora vienen los nietos de los que venían en los años 70 y me hace mucha gracia”, relata la alavesa. A esa gran y numerosa clientela fiel se suma también otra de paso, incluidos visitantes habituales del otro lado de los Pirineos. “Hay gente de Iparralde que empezó a venir con mis padres y todos los años sigue viniendo”, añade.

El local, con capacidad de hasta treinta personas, apenas ha cambiado. Lejos de reformas profundas o giros de concepto, el Temple ha apostado por mantenerse reconocible y con una estética muy familiar. “Lo mantenemos y lo tenemos cuidadico”, expresa Maite, haciendo referencia a un hogar que todavía conserva las fotos de sus padres en las paredes y los objetos que los vieron crecer. Una decisión que refuerza esa sensación de continuidad que muchos clientes valoran: entrar y encontrar lo de siempre y a los de siempre.

Esa fidelidad es la que ha llevado a la familia a celebrar seis décadas de éxito. Un aniversario que llega, sin embargo, acompañado de una preocupación: la falta de heredero. En este caso, la situación es clara. “No hay relevo y no tiene ninguna pinta de que lo haya a corto plazo”, afirma Maite sin rodeos. Ella es la pequeña de los hermanos y sus hijos y sobrinos han tomado otros caminos. “Nos gustaría que siguiese con la cocina tradicional, que es por lo que vienen nuestros clientes, pero lo veo difícil”, reconoce.

En Pamplona –y en la mayoría de ciudades o pueblos del Estado–, donde cada vez quedan menos bares con este carácter, la posible desaparición de espacios como el Temple abre un debate más amplio sobre el modelo de hostelería. “Cada vez quedan menos bares como este, cada vez son más impersonales”, lamenta Maite, que no asume todavía la idea de abandonar su segundo hogar. “Me da muchísima pena, es más que un trabajo. Hemos vivido aquí, para mí es como estar en casa”, confiesa con los ojos cristalinos.

Sesenta años después de aquel viaje desde Alaiza, el Temple sigue siendo lo que siempre fue: un bar de los de antes, sostenido por una familia y una forma de entender la hostelería.