No soy vecino de esa plaza, por lo que me parece una frivolidad terciar en la polémica de la licencia de una degustación de café y terraza en la plaza, animada una vez al mes por el modesto Rastro Pamplonés, pequeña feria de viejorrerías; pero para mí es uno de los escenarios más intensos de mis recuerdos infantiles, sobre todo alrededor de la fuente en la que jugábamos a batallas navales con barcos hechos con pinzas de la ropa o comprados en el carrico del comienzo de la calle Curia o Mentidero. Los barcos nos los hundía a mala leche un gamberrazo de la calle La Merced; pero nosotros insistíamos, aunque acabáramos riñendo a empellones.
También la recuerdo con sus castaños otoñales como escenario de lo primeros poemas adolescentes dominados por la preceptiva melancolía. El color de las hojas y el ruido de la fuente invitaban a la tristísima ensoñación. Allí estaba el almacén de los Lizaur que de vez en cuando salían, circenses, a darse una vuelta por la plaza en zancos. También en un piso de la plaza, pero no recuerdo el número de la casa, estaba el local de Eusko Bazterra que frecuenté hacia 1968 y 69 de la mano del euskaltzale Martintxo Manterola, que cantaba con mucho sentimiento preciosas canciones de Michel de Labéguerie, inolvidable amigo de aquellos años de intensas lecturas, propaganda del Eusko Gaztedi EGI, como El árbol de Gernika de George Steer, malos poemas (míos), vinos y cazuelicas diversas en los bares de la Nabarreria, en plan conspiradores, como cuento en El viaje inacabado, libro autobiográfico que me traigo entre manos. En esa casa vivían lo familiares del obispo navarro Antonio Ona y los Tirapu, si mal no recuerdo.
Algún episodio de El robo de la catedral (1935), estupenda novela de José Luis Díaz Monreal pasó por una casita del rincón de esa plaza, visitada por el enigmático maleante El Mexicano (Oviedo de la Mota), que llevaba pasteles a una familia que quería camelarse para entrar en el cuarto del tesoro de la catedral. Por cierto que el lignum crucis robado fue objeto de un intento de estafa con una falsificación urdida en 1936 desde la cárcel de Pamplona por el insensato poeta Gemasol, (1936, la epopeya de Navarra: cantos de amor y de odio, de sangre y de guerra) que pretendía escaparse disfrazado de requeté aprovechando la saca de algún piquete: pura demencia. Las cartas donde describía su plan y el famoso agujero de la muralla donde había que esconder la falsificación fueron interceptadas y creo que se conservan en el AR y G de Navarra en el legajo correspondiente a la guerra civil y a la Junta central de guerra carlista. Allí al menos las leí hace años.