Como amante de Pamplona-Iruña me uno públicamente a la vecindad de la Plaza de San José para exigir al Ayuntamiento de la Ciudad que no permita de ningún modo la instalación de un local de hostelería en la única zona virgen que nos queda en el centro histórico.
En su momento ya lo dije: esta plaza es una prolongación del espacio claustral de la catedral, amparada por sus regias paredes. En ella moran, además de sus vecinos y vecinas, las religiosas carmelitas descalzas hijas de la Doctora de Ávila y las abnegadas Siervas de María. Es un espacio de paz y recogimiento que evoca un tiempo en el que en la ciudad se unía en armonía lo sacro y lo profano. Es una plaza para gozar del silencio habitado, para el descanso reparador al arrullo del agua de la fuente y al compás de las campanas, un espacio a preservar en su virginidad. Estamos ante otro ataque de esta paulatina gentrificación a la que nos lleva este capitalismo inhumano y depredador.
El Ayuntamiento está obligado a preservar este tesoro y el constructor que se vaya con sus negocios a otra parte. La Plaza de San José no se toca. Nos tendrán enfrente.
Como ésto siga así, a Pamplona Iruña no la vamos a conocer en su verdadera esencia.