Y tiro porque me toca

Así las cosas... pardas

07.02.2020 | 16:34

Las acusaciones formales con sus penas respectivas para los presos políticos catalanes han caído como lo esperado, una losa con la que pretenden aplastar al independentismo catalán, sin reparar en que este se extiende y afirma por su causa: el agravio que no cesa, cuando, además, en los escritos de acusación se miente a placer. Rebelión, sedición, malversación de caudales públicos, desobediencia... La discusión jurídica está servida -no olvidemos que hay juristas, muchos, que opinan que no hay legislación aplicable al caso ni se dan los supuestos necesarios para sostener las acusaciones-, pero a pesar de esa discusión, entre progresistas y filogubernamentales -este es un juicio político en toda regla-, las penas solicitadas son muy elevadas. Y en la calle el antiguo populacho, hoy público enredado, pide a voces sangre, tormento, cepo, picota, horca... todo les parece poco.

Quienes nada saben de cómo funciona la Abogacía del Estado se echan las manos a la cabeza de que esta haya retirado la acusación de rebelión y hablan de falta de independencia judicial (el culo y las témporas famosos), cosa que no hacen quienes confían en las resoluciones del Tribunal Supremo por mucho que una niebla de sospecha política haya ido cayendo sobre el alto tribunal en los últimos años, salvo para los beneficiarios de sus sentencias de contenido político.

El gobierno, por su parte, se descabalga de la acusación de rebelión y la ministra portavoz, a preguntas de un periodista, lanza una bocanada de humo denso refiriéndose al cambio de criterio del presidente: "Nunca ha dicho que hubiera un delito de rebelión el presidente del Gobierno", dijo la ministra Calvo; y pillada en falso, añadió que Sánchez lo dijo cuando no era presidente, lo que viene a sancionar que una cosa es lo que se diga en la oposición o en periodo electoral, y otra bien distinta cuando se está en el gobierno. En resumen, que quien tiene el poder en su mano hace y dice lo que le da la gana, y no está sujeto a censura ni mucho menos a rendición de cuentas, así que mucho menos a explicaciones convincentes. Una rajoyada, es decir, más de lo mismo, burlas descaradas a la ciudadanía.

Te dirán que es legítimo cambiar de opinión, convengamos en ello, por no reñir más que nada, lo que no sé es si es decoroso hacerlo a ritmo de conveniencias electoralistas o a modo de marrullería de ocasión. Claro que peor me parece que quien lleva la batuta pretenda imponerme criterios en una ocasión y en otra, aduciendo que lleva la razón de mano.

Mal, muy mal, nos toman por débiles mentales. Nos mintieron, nos mienten y nos mentirán, como se acaba de demostrar con las grabaciones de Villarejo y los encargos de trabajos sucios de la Cospedal y de su marido, asombrosos, sonrojantes, temibles. Nunca llegaremos a saber la extensión de las cloacas del estado español en manos de policías corruptos y políticos sin escrúpulos, qué hicieron en realidad y a quién y cómo hundieron. Parece una pela de maleantes y sin duda lo son por mucha acta de diputados que ostentaran o cargos públicos de los que se beneficiaron sin recato. Sonarse los mocos con la rojigualda parece hasta poco, por mucho que la Guardia Civil quiera establecer los límites del humor negro cloaca de una ciudadanía ya muy harta de patrañas, de latrocinio amparado en un patriotismo de barraca de feria y de fascismo sin recato en la medida en que han sido incapaces de condenarlo.

Item más: por su parte, los nacionalistas españoles y muy españoles y muy patriotas de borlas y galleos se echan las manos a la cabeza con el asunto de las competencias navarras en materia de carreteras -¡La sagrada unidad de España está en peligro!- y echan a rodar mentiras, desinformación dolosa a raudales e ignorancia voluntaria hecha propaganda para alimentar la hoguera del falso patriotismo: Navarra tuvo competencias en materia de carreteras incluso en el franquismo (hasta 1962). Muchos llegamos a ver a los forales en las carreteras, me acuerdo, carajo, y hasta de dónde. Lo que ayer pedían, hoy lo condenan... "¡Váyanse a la mierda, hombre!", exclamó José Antonio Labordeta.