Las mascarillas

19.07.2020 | 10:43

La otra tarde vi por la ventana cómo dos municipales le ponían una multa a una mujer por no llevar mascarilla. La multada porfiaba en sus derechos y teorías, por lo visto... Estuvieron un buen rato discutiendo. No sé, la escena era penosa, sobre todo teniendo en cuenta las últimas cifras de contagios que suben de manera imparable y que llevarla es obligatorio, nos guste o no, pensemos que es necesario o una maniobra conspiratoria de las fuerzas ocultas... etcétera.

Aunque más penoso fue el paseíllo que se marcaron poco después dos guapetones sin mascarilla y aire de "¡Sí, qué pasa!" en busca de camorra, a los que nadie se atrevió a decirles nada, por lo que puede pasar, que pasa. Para muestra lo sucedido en Bayona con el conductor de autobús que acabó falleciendo tras ser apaleado por unos delincuentes por exigir el cumplimiento de las medidas de precaución impuestas.

Las broncas por ese motivo han sido habituales. Y luego está el asunto de las mascarillas rojigualdas. Yo no sé lo que quiere demostrar el que la lleva. ¿Que es español? Lo lleva en la documentación. Otra cosa es si el patriota en el vacío que para serlo necesita un enemigo quiere demostrar que es "muy español y mucho español" (Rajoy), no como quien no la lleva, que está visto es un español sin ganas, a la manera de los que no pueden ser otra cosa, como escribía desde su exilio mexicano el poeta Luis Cernuda.

Algo berlanguesco sin duda, pero a la postre agresivo. Politizar de manera teatral las consecuencias de una pandemia como la que seguimos padeciendo es grotesco y hacer del asunto un pequeño negocio de feriantes, algo propio de Azcona. ¿Se atreven los republicanos a hacer lo propio con la tricolor? No o muy poco. El riesgo de multa y de palo es alto, y por muchos empujones que se reciban todavía hay quien prefiere rehuir de la confrontación callejera, del berrido y tentetieso. Miedos, muchos.

A cambio, se desata el boicot a los establecimientos atendidos por enmascarados rojigualdos: una triste casa de orates es lo que va pareciendo esto. La enardecida derecha patriótica, que ha puesto todos los palos que ha podido a las ruedas de la lucha gubernamental contra la pandemia algo público y notorio que no necesita prueba se ha adueñado de la enseña rojigualda, la de la monarquía, la que se impuso tras el golpe militar de julio de 1936, algo que hoy es casi forzoso recordar, pero que se recuerda solo y más en Pamplona desde donde se urdió el golpe, y donde aquel domingo 19 las calles ardieron, se picaron placas del callejero, se arrancaron enseñas y banderas, se quemaron libros, se detuvo a todos los que figuraban desde hacía meses en las listas y, en las afueras, se asesinó a las primeras víctimas... ¿Qué tiene que ver esto con las mascarillas de la pandemia? Nada y mucho.

Me temo que a muchos de los de las mascarillas rojigualdas, esos que no dudan en exaltar el golpismo, cuando no lo piden sin rebozo alguno, les gustaría que todo el mundo las llevara para demostrar que se pertenece a la España de los partidos de derechas, Una Grande y Libre, la que daba CAFE, y a quien no la llevase, imponerle directamente un fúnebre tapabocas, que si bien impide el contagio vírico, lo hace por asfixia. No son pocos los que lucen de golpistas sin que ni las leyes ni la política conservadora les frene. Con o sin mascarillas verde militar al morro nos hemos visto las caras y no nos gustamos; pero eso viene de lejos.

Hablan de vertebrar España y a esa pareja de políticos que de Madrid se ocupan, y creen que toda España debe vivir a su imagen y semejanza, no se les ocurre otra cosa que echar mano de los toros como engrudo nacional, ya que ahora mismo es mejor no recurrir a la monarquía porque está muy tocada, demasiado para que sea espontáneo y no una maniobra política urdida sin la participación de un verdadero movimiento republicano. Extraño. En todo caso si ni siquiera se puede vertebrar un país con una pandemia, sus máscaras y sus mascarillas, para rato se va poder vertebrarlo recurriendo a los toros, como pretenden la IDA y el Almeida. Andamos rotos y no nos ayunta ya ni el vino.