Confieso que esta riña de gatos me cansa si no fuera por la preocupación que siempre genera sus imprevisibles consecuencias. Esta trama inacabable de ajuste de cuentas, con la correspondiente provisión al contrincante de arsenal argumental para cualquier maniobra amparada en el efecto de acción-reacción, aburre solo por repetida. ¿Cuándo se va a terminar con esto? Asistimos como sujetos pacientes y hastiados a un duelo del que somos muchos los que no compartimos ni las artimañas de unos (extender una enorme bandera que perturba el comienzo de las fiestas) ni las maniobras revanchistas de otros. ¿Tiene que recurrir Enrique Maya a cobijarse detrás del escudo de Cruz Roja para eludir que no delegue el lanzamiento del Chupinazo, como correspondía, en Bildu? El alcalde podrá construir mil argumentos en torno a los méritos de Cruz Roja, a su implicación y al trabajo impagable de sus voluntarios en las fiestas, del que todo vecino de esta ciudad solo puede expresar elogio y agradecimiento; pero no encontrará el primer edil palabras para abreviar su discurso y reconocer, lisa y llanamente, que se salta ese turno no escrito de partidos por puro desquite. ¿Cree UPN, y Maya ahora, que es válido usar para sus arteras tretas a instituciones centenarias, que concitan el aprecio de pamploneses de todas las ideologías, colocándolas en el foco de una polémica que por principios rehúyen? Un miembro del Consejo Político de UPN anduvo con menos remilgos a la hora de desvelar vía Twitter los motivos de la decisión, por todos conocidos: había que "impedirlo", ha dejado escrito.
Fue la izquierda abertzale la que lanzó en otro tiempo la consigna jaiak bai, borroka ere bai; hoy, la derecha en el poder tampoco se ha cortado a la hora de trasladar la disputa -a su retorcida manera- al entorno de la fiesta. Y esta vez hasta con tiempo de sobra para que madure. También la reacción.