me apasiona hojear periódicos antiguos. Son pequeños libros de historia que ayudan a interpretar acontecimientos del presente. La actualidad acostumbra también a desplazarse en el tiempo, remontándose hoy a hechos de antaño que guardan similitud o contextualizando ahora declaraciones pronunciadas en otro tiempo. Fue pura casualidad que ayer rastreara en un ejemplar de un diario alavés de ideología derechista. La publicación tiene fecha de 6 de abril de 1936 y en su portada recoge unas manifestaciones de Martínez Barrio, entonces presidente del Congreso y en vísperas de ser nombra presidente interino de la República. Le preguntan al político cuál es su explicación para que el odio de una parte del pueblo a los gobernantes se manifieste, según el periodista, casi exclusivamente contra iglesias y conventos. Martínez Barrio responde: "La Iglesia ha hecho siempre política en España. Cuando triunfa, impone su ley; cuando la derrotan, paga su fracaso. El pueblo español, que es creyente a su manera, ha quemado más iglesias y conventos que en toda Europa juntas y no ahora bajo el dominio de la República, sino en otros tiempos regidos por la monarquía. Sectarismo e intolerancia". Es una opinión de parte, de un personaje controvertido (como casi todos que desempeñaron alguna responsabilidad en aquella época) y como tal hay que examinarla. Setenta y ocho años después, coincidiendo también con los 75 años de un 1 de abril declarado Día de la Victoria, el cardenal Rouco se hizo un hueco en las portadas agitando el espantajo de aquella guerra civil. A Rouco, que no representa a los católicos españoles porque su elección depende de la curia del Vaticano y no de los feligreses, le dio un ataque de añoranza en el funeral de Suárez; porque en su versión de que hechos actuales "pueden causar" otra guerra civil asoman no los orígenes sino las secuelas que depararon que el catolicismo fuera la religión del Régimen, interviniera con notable peso en la política e impusiera su ley más allá de los confesionarios. Rouco hace un pésimo favor a esa Iglesia que no es intolerante, que predica la paz y trata de evitar los conflictos, que ayuda a los necesitados antes que a sí misma y que seguro se siente incómoda con personajes tan sectarios que prenden hogueras con el papel de sus homilías.
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