los pueblos están mal vistos, concluía en este mismo espacio el pasado lunes mi compañero Pablo Gorría. Los pueblos acostumbran a sostener una relación tensa con las administraciones centrales, estén estas en capitales de comunidad o en cabeceras de valle o cendea. Los ayuntamientos lamentan muchas veces el abandono de los Gobiernos, y los concejos, el de sus ayuntamientos. Por lo general, cuando hay acercamiento tiene que ver con intereses de parte, generalmente en favor de los de más jerarquía. Te hago aquí un pantano, te cruzo el término municipal con una autovía, te pongo un centro de tratamiento de residuos y, a cambio, te construyo campo de fútbol, piscinas, polideportivo o casa de cultura. Claro, luego hay que mantener esas dotaciones y entonces el grifo de la subvención está cerrado. Como ahora. Pero hay pueblos irreductibles que, como los galos de Astérix, resisten todavía y siempre. Es el caso más reciente de Galar, que no ha parado en pleitos hasta conseguir una sentencia favorable en la retirada de los macroproyectos de construcción de miles de viviendas en los términos de Donapea y Guenduláin. Además de la oposición a esa maniobras de fagocitación urbanística, hay detrás la defensa una filosofía de conservar la propia personalidad como pueblo y no transformarse en un barrio dormitorio de la capital. "Vivir en un pueblo es una forma diferente de vida. No estamos por la labor de crear pueblos o barrios dormitorios donde la gente solo viene a dormir y no hay marco de relaciones", decía en estas páginas Cecilio Lusarreta, continuador de la labor iniciada por Ricardo Áriz en el ayuntamiento de la Cendea de Galar. Esa es la parte que los PSIS de la Administración no contemplan: que residir en un pueblo es apostar por una forma diferente de vida. Algo que, en ocasiones, ni los nuevos vecinos entienden cuando protestan por los niños que chillan, corren y juegan por calles y plazas, por el repique de las viejas campanas o por el olor del fiemo vertido en sus huertas y campos. Y es que los pueblos, además de verlos, hay que saber interpretarlos.