Vuelvo a Twitter porque ni la pasada semana rematé todo el argumentario sobre su uso y abuso ni ha habido la más mínima tregua en siete días con el asunto de las denuncias y posteriores detenciones por mensajes insultantes y amenazantes. Tengo para mí que el asunto se ha salido de madre; hemos pasado de la censura razonable a quienes expresaban júbilo por el asesinato de una política a que comunidades israelíes en España denuncien ante la Fiscalía a 17.500 usuarios de la red social por sus comentarios antisemitas y a que, aquí mismo, nos rasguemos las vestiduras y reclamemos un trato semejante porque un montón de hooligans llamen etarras a los hinchas de Osasuna. Yo mismo estoy pensando demandar a un tipejo que me llamó impresentable en un tuit por defender los escraches a políticos corruptos.

Pero como esto de los insultos no lo van a parar con cuatro detenciones para ejemplarizar y meter miedo, lo que quería acabar de exponer aquí es mi teoría sobre que estas nuevas herramientas tecnológicas -desde el móvil a Twitter, Facebook, el correo electrónico o todo el uso que hacemos del ordenador-, que con tanta aparente independencia nos permiten expresarnos y comunicarnos, son un maquiavélico invento del poder para someternos a su control (entendido el poder como ese personaje siniestro y anónimo de las pelis de James Bond que dicta las normas por encima de gobiernos y legalidades...). Escuchan nuestras comunicaciones, nos localizan a través del móvil como si fuera un gps, asaltan nuestros ordenadores sin que nos demos cuenta, leen nuestros correos, los tuits y todo lo que colgamos en Facebook; nos han hecho creer que expandían nuestro campo de libertad y a cambio les hemos entregado todo lo que creíamos que era personal y reservado. Ese uso perverso de la tecnología queda retratado muy bien en la película La conspiración del pánico. Y no olvidemos que la realidad supera siempre a la ficción.