S oñaba con llegar a centenario. Por ver cosas nuevas, conocer gente, asombrarme con los avances, celebrar algún título de Osasuna... En esas estaba hasta que, por la propia experiencia, alcancé a comprender que cumplir años acaba generando un montón de problemas para uno mismo y para las personas más cercanas. El teólogo Hans Küng lo expuso con crudeza cuando confesó que “no estoy harto de la vida sino cansado de vivir”. A todo se llega.
No es fácil hacerse mayor, alcanzar la tercera y hasta la cuarta edad, envejecer; aunque los avances médicos han propiciado un notable aumento de las expectativas de vida tanto en hombres como en mujeres, la longevidad lleva camino de convertirse -si no lo es ya- en un problema social. Asistir, atender y mantener las necesidades de las personas de más edad es un reto y un compromiso que nos atañe a todos. Y no vamos por el buen camino. El calendario señala el 1 de octubre como el Día Internacional de las Personas Mayores. Evito aposta el término celebrar porque, como subrayaron los pensionistas que se manifestaron ayer en las calles de Pamplona, no están los tiempos para que ellos festejen nada. Porque no solo sufren los recortes en Sanidad, el encarecimiento de los medicamentos, el deterioro de la calidad asistencial, la merma en las ayudas a la dependencia y la congelación de las pensiones; también, y por si lo anterior fuera poco, muchos han convertido su casa en hogar de acogida de familiares que ahora sobreviven al amparo de esa exigua pensión. Creo que escuché de uno de los presentes la palabra “traición” al referirse a las decisiones de los gobernantes. Y tienen motivos para sentirse traicionados, engañados y burlados; porque los jubilados eran objeto de deseo y de agasajos en víspera de las elecciones pero después han mercadeado con sus ilusiones y con sus votos. Ahora, pelean en la calle por su futuro. Que también es el nuestro. Cuando tengamos 65, 70... o 100 años.