Dos personajes, dos creadores de un perfil generacional y emocional tan diferente como Miguel Sánchez-Ostiz y José Miguel Monzón (El Gran Wyoming) llegan a similares conclusiones en sus libros más recientes, ambos también trazados en estilos tan dispares como la personalidad de un autor y otro. Lo que estamos viendo ahora tiene su origen atrás, concluyen. Atrás, referido a un periodo histórico, es el franquismo y sus cuarenta años usurpando el poder e imponiéndolo con mano de hierro. Y lo que estamos viendo, y sufriendo, defienden, hunde sus raíces en aquel régimen franquista “sostenido por una corrupción generalizada y por una prevaricación institucional que se extendió a todos los ámbitos del Gobierno y que impregnó a la sociedad”, en palabras del escritor pamplonés. Un cuadro del que copia el régimen actual.
El franquismo no quedó engullido por la transición sino que aprovechó ese tránsito prefabricado para tejer su propia larva, refugiarse dentro y volver a reaparecer cuando las inestables condiciones económicas y sociales lo han permitido. Y sus nuevas generaciones ya se han hecho visibles; como exponen los autores en La sombra del Escarmiento y No estamos locos, los neofranquistas han ido despojándose de sus capas de demócratas y hoy prolongan aquella sombra del 36 no solo en su revisionismo histórico sino en sus comportamientos éticos.
“Siguen siendo los herederos del totalitarismo -algunos hijos y nietos de los vencedores- los que marcan la pauta (...), los dueños y señores del poder real. No ese que emana de las urnas cada cuatro años, sino el otro, el de verdad, el que decide la vida de los ciudadanos, el que exige reformas estructurales profundas”, escribe Wyoming en alusión a las políticas que entierran las conquistas sociales que costaron años de lucha.
Confiesa Sánchez Ostiz su pesimismo cuando afirma que “me resisto a creer que el asunto está liquidado”. Y no lo está; su golpe de Estado ha sido más sutil pero las víctimas se cuentan por decenas de miles.