como decía Forrest Gump en una de las escenas más conocidas de su película, “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”, o lo que es lo mismo, a veces lo que te ocurra no depende de lo que elijas, porque el destino, como la crema de los bombones, no lo sabes hasta que lo estás probando. Eso es así y todos en algún momento nos hemos sentido en esa compleja situación de mirar la vida como un gran surtido de dulces del que tienes que escoger uno, sabiendo que la elección no te garantiza lo que deseas. Pero la vida, como el bombón, una vez masticada ya no se puede cambiar. Y hay que afrontarla. A lo sumo escupirla rápido y tratar de pasar pronto el mal trago. Creo que el ejemplo vale muy bien para muchas de las situaciones que estamos conociendo estos días. Para los corruptos que se han empachado de bombones pensando que siempre tendrían una caja más de la que seguir tirando y de la que comían ellos para que nadie más pudiera descubrir el verdadero contenido de su manjar. Solo que de pronto el dulce quehacer político se ha convertido en amarga delincuencia. Y vale también para los miles de personas honestas que nunca podrán elegir qué bombón probar porque tienen un destino ya marcado en la dura senda de la pobreza. No pueden escoger no ser pobres. A veces me gustaría más que la vida fuera como un gran almacén de Ikea donde los problemas lleguen empaquetados como los muebles suecos, bien colocados unos sobre otros, sin ocupar mucho espacio y cada cual con sus instrucciones para que siempre se pudieran solucionar. Pero no lo es, ni lo uno ni lo otro. Corremos el peligro de que toda una generación pase las etapas de su vida en la pobreza, niños sin derechos, que serán pronto jóvenes sin trabajo ni esperanzas y después desempleados que de nuevo tendrán hijos pobres... la pobreza es un círculo que se retroalimenta si no hacemos desde fuera nada por romperlo. Porque para un niño ser pobre no es solo pasar hambre, es no poder reír en una infancia feliz y la felicidad está en muchas cosas, no solo en un plato caliente. En definitiva, ser pobre puede ser no tener nunca una caja de bombones de la que elegir.
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