Las razones que esgrime la empresa ISN para pedir el derribo de los últimos vestigios de la mina de Potasas son muy similares a las manejadas hace ochenta años para desmontar piedra a piedra y convertir en arena, previa subasta, el acueducto de Noáin: “un importantísimo deterioro”. No pretendo entablar comparaciones artísticas o arquitectónicas entre ambas infraestructuras, no es ese el objetivo. Lo que quiero defender es que si el acueducto es hoy una referencia histórica por lo que supuso no solo la obra sino la traída de aguas desde Subiza a Pamplona (y el desarrollo que ello suponía en materia de salud, higiene, abastecimiento, etcétera), ese enorme muro de hormigón que corona una parte de la comarca tiene escritas en sus paredes la historia del desarrollo industrial en la Navarra de los años sesenta, los efectos sociales de un importante cambio demográfico, el germen de las luchas sindicales en la España del franquismo, las primeras huelgas generales del Estado... Esa mole que, desde la distancia, trata de competir en envergadura con la lindante sierra de Alaiz, es un ejemplo de arquitectura industrial tan digno de conservación como las chimeneas de las viejas tejerías, que tan esbeltas y relucientes lucen hoy entre el verde de algunos parques. Esa reliquia, como todas las que tienen corazón de piedra, guarda una intensa historia humana que si no tiene algo material que la represente y mantenga con vida se perderá para siempre en el aire sin esta oportunidad que hoy tenemos de recordarla a primera vista.
Confío en que Posusa recapacite; o que, como ocurrió en airada reacción en los años treinta del pasado siglo, se alcen más voces que argumenten en favor de la preservación de ese murallón, no por su belleza -que también la tiene- sino por su valor simbólico. Antes de ejecutar “en breve” plazo ese proyecto de derribo que salió a la luz ayer en el pleno del Ayuntamiento de Noáin, habría que escuchar a más partes concernidas, que no son solo, por supuesto, las oficiales.