Noviembre es un mes gris, casi siempre y este año ha arrancado especialmente frío y grisáceo. No tiene el brillo del último sol de otoño, ni el rojizo de los montes, ni la blancura de las nieves más propias de diciembre. Digamos que despertamos de golpe en el invierno, con la ropa de verano todavía en el armario y el ánimo no demasiado preparado para lo que se nos viene encima. Pero noviembre no es un mal mes, ni en su arranque, con Todos los Santos, ni en su final con Santa Cecilia y la antesala de los puentes de diciembre, una buena mezcla del recuerdo dejado por los seres queridos, la música y los días de fiesta. Es un mes de puesta a punto, de conseguir sortear el gris cuando las nubes se empeñan en situarse encima de tu cabeza y buscar de refilón ese rayo de sol necesario. Es sí, el mes de la muerte, pero no le falta vida. De esa muerte que convive con nosotros, con todos, tarde o temprano. De esos muertos a los que lloramos mirando al cielo, donde volaron quizás la cenizas arrojadas, o mirando a la tierra, donde reposan los restos, echando raíces allí donde siempre las tuvieron. Es bonito ver los cementerios estos días llenos de flores que significan mucho más de lo que muestran. Es cierto que la tierra tiene una atracción muy poderosa. Es un enganche con los ancestros, con lo que fuimos y seremos. Un lugar físico donde llorar y hacer promesas. Ante una cruz o ante un lauburu. Y quizás, en este mundo cada vez más global y trepidante, lleno de ciudadanos y ciudadanas del mundo sin rumbo, estar enterrado en un lugar puede ser una buena respuesta al “¿y tú de dónde eres?”. Pero más allá de eso, me quedo con las ideas de Oteiza, cuando en 1984 optó al concurso para construir un cementerio y sorprendió a todos diseñando una enorme rampa enfocada al mar. Sustentaba su apuesta en la creencia de que si las almas van al cielo, no tenía ningún sentido enterrarlas. Era mejor plantearles una pista de despegue... “Izarrak alde” le llamó. Yo, como él y otros muchos, soy oteiziana hasta en eso, de los que en el recuerdo siempre mira a las estrellas. Y suelen dar luz hasta en los días grises de noviembre.