Ayudado de un palo largo, el hombre, que no tendrá todavía los 40, revuelve en el fondo del contenedor de las basuras orgánicas. Lleva unas bolsas de plástico en las que ya ha recuperado alguna ropa que parece de niño. Le observo de lejos; trabaja con minuciosidad y sin mirar alrededor: si alguna vez sintió vergüenza de su situación, la depósito en el contenedor en el que se hacen añicos los cristales de las botellas vacías. Pienso que podía acercarme a él y preguntarle su opinión por las afirmaciones de Mariano Rajoy esa misma mañana en el Congreso, donde ha afirmado que “hay menos pobreza y desigualdad”, que va mejorando el bienestar y que “las cosas empiezan a ir mejor”. Desisto de hacerlo; no porque tenga un palo en la mano, sino porque no podría sostener su mirada.
Cuando era niño, los llamados pobres eran más bien vagabundos a quienes conocíamos por nombre y apellidos. Tocaban a las puertas de las casas y siempre encontraban auxilio en forma de alimento o de unas pesetas. En mi pueblo, incluso disponían de una caseta (la caseta de los pobres) en la que ponerse a cobijo. Esa mendicidad no aparecía como un problema social de primera magnitud y era asociado a situaciones de marginalidad. Quizá había hambre de puertas adentro, personas que vivían con lo justo, una pobreza que no salía, como ahora, a la luz del día.
El último informe de Cáritas advierte de que 20.000 navarros están en situación de pobreza severa. Ayer, la Red de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social alertaba de que, en este contexto de necesidad extrema, “la fractura social va en aumento”. Rajoy, por su parte asocia las leves cifras de personas que encuentran un empleo con menos pobreza; pero, ¿qué tipo de empleo, con qué remuneración? Se equivoca el presidente; lo que su gestión está propiciando es una nueva clase social: la de los pobres asalariados.