La primera vez que vi el mar fue en Yesa. Una lámina azul que absorbía un cielo radiante. Un mar sin olas ni arena pero con aquellas pequeñas lanchas que trazaban surcos en el agua y dotaban al embalse de un aire marinero. Era un mar en miniatura, el postre de una comida campestre con fiambrera y termo, una postal de vacaciones entonces imposibles. Ese mar comenzaba -o terminaba- en una enorme pared de hormigón que era la que rompía el encantamiento de la misma manera que lo hacía el decorado contra el que se estrellaba el velero en el que Truman intentaba fugarse de una vida guionizada y retransmitida en directo por televisión. Al otro lado del muro estaba el mundo real: la historia del embalse y de sus riesgos.
Las alarmas sobre su vulnerabilidad no son nuevas. En septiembre de 1935, un artículo publicado en El Pensamiento Navarro ya recogía las dos versiones: la de quienes garantizaban la seguridad de la obra y el informe “de otros técnicos que dicen que puede fallar”. Incluso muchos años después, el ingeniero del proyecto, René Petit -futbolista de bien ganada fama en sus años mozos con el Real Unión y ocasional refuerzo de Osasuna en amistosos-, confesaba que una ampliación del embalse le daría “mucho miedo”.
Es esa ola de temor la que no puede contener la gruesa pared de la presa; miedo de muchas gentes desbordado ahora por las grietas y los deslizamientos registrados durante las obras de recrecimiento y que ya han obligado a clausurar una urbanización que costará a las arcas públicas 23 millones de euros en indemnizaciones. Las reiteradas manifestaciones de altos cargos del Gobierno central que garantizan la “ausencia” de riesgos y las periódicas visitas que giran los parlamentarios navarros no van a convencer a quienes se sienten amenazados por el embalse, y no por intuiciones sino aportando argumentos. El mar en Yesa era un bonito decorado.