Ha sido un mensaje emocionante. De los que ponen un nudo en la garganta y obligan a contener a duras penas un amago de lágrima en los ojos. No se puede expresar ni plasmar mejor la realidad que nos está tocando padecer ni lanzar con tanta sutileza una dura crítica a quienes nos gobiernan. Denunciar en tan pocos segundos el fraude de las preferentes, de los desahucios inhumanos, de las pensiones escasas, de la fuga al exterior de los jóvenes talentos, de la presión a la cultura, de los recortes en la sanidad... Lo dijo bien claro: estamos quemados. Así llegamos al final de otro año muy duro en el que, quizá a diferencia de los anteriores, la necesidad y la injusticia tenían nombre y rostro.
Había expectación por ver el mensaje. Era el momento clave en la programación de una Nochebuena acostumbrada de antaño a discursos huecos en los que era obligado rascar entre líneas para buscar un titular o ir más allá de la frase, de si ha querido decir lo que ha dicho o no era eso, que le han mal interpretado. “Me llena de orgullo y satisfacción...”. Esta vez no, esta vez el mensaje se entendía de principio a fin: aquí hay un incendio de grandes dimensiones y todos podemos colaborar, de alguna manera, en su extinción. Y tendremos esa oportunidad de apagafuegos dentro de cinco meses.
Da gusto encontrar un hombre tan preclaro, aunque hable en diferido: “Que sale humo y huele a chamusquina: pues va ser un incendio...”. Una tremenda hoguera que hay que ir apagando entre todos, aunque no nos dejen y sigan encendiendo pequeños fuegos para distraer la atención. En Nochebuena hubo una gran mensaje para todos: el de Campofrío.