“Modernidad líquida” la llamó Bauman. “Non stop”, los adolescentes. “Cocina permanente” la Hostelería, “Abierto 24 horas”, el comercio neoliberal. Se denomine como se denomine, el caso es que estamos ante todo un cambio social en el que lo viejo ya no vale y lo nuevo nos empieza a desbordar. En el que las fronteras espaciales y temporales casi desaparecen. Y no estamos hablando de grandes teorías sociológicas, sino del día a día. Del entorno más cercano. De lo cotidiano líquido y continuo. El tiempo informativo ha desaparecido o lleva camino de hacerlo. Los periódicos de “mañana” tienen que hacer piruetas para aportar en sus páginas algo distinto a lo visto, leído y comentado “ayer”. La “comunicación”, que no la “información”, empieza a ser ya un continuo “hoy” que se actualiza minuto a minuto, carácter a carácter, sin saber ya muy bien qué es verdad y qué mentira. El ocio y la fiesta también se han visto arrasados por esta ola posmoderna. Antes se esperaba a San Fermín o las fiestas del pueblo para estallar en alegría. Hoy, cada fin de semana, cada día, hay oportunidades de hacerlo. El año entero es una gaupasa. Y está bien para quien lo quiera, pero se degrada el propio concepto de celebración. Lo mismo sucede con los encuentros familiares o las relaciones de parejas, donde día y noche el WhatsApp es el taquígrafo sentimental sin pausa. Hasta el fútbol ha caído en este torbellino. Aquello de “los domingos por la tarde” ha pasado a la historia. Fútbol hay todos los días y a todas las horas. El pelotón del negocio futbolero y audiovisual rueda toda la semana. Porque en el fondo se trata de eso, de fomentar un consumismo sin límite. Las rebajas son la mejor prueba. En breve se borrará esta absurda fecha del 7 de enero. Hay rebajas y ofertas todo el año. Ya no se sabe ni lo que cuesta ni lo que vale nada. El mundo líquido y trepidante puede con todo. Por eso, en esta primera semana del año quizá vendría bien un pequeño parón para pensar. Un poco de slow en la marabunta. Recuperar principios sólidos en un mundo movedizo. De apostar por las personas y no por las cosas. Eso no tiene precio.
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