El inspector Sertucha aplastó los restos del pitillo con la suela de su zapato. El pisotón dejó otra perdigonada negruzca en la reluciente madera del despacho. Hacía tiempo que ignoraba las prohibiciones y esa de no fumar en lugares cerrados no iba con él. Fumar, portar pistola fuera de servicio, abofetear a los rateros de poca monta para que cantaran, acojonar a los chivatos, maltratar a las putas, conducir ebrio en sentido contrario, no pagar a la casera...; el inspector Sertucha, con placa o sin ella, andaba siempre al margen de la ley. Como pez en el agua. Y generalmente le reportaba buenos resultados en su trabajo. Pero esta vez le habían encomendado un caso complicado de verdad. Sobre la mesa de metacrilato las carpetas, los informes y las facturas, los libros de contabilidad, se amontonaban junto a restos de vasos de agrio café de máquina. Sertucha era un mangurrián, pero tenía un ordenador en su cabeza que ni los derroches de ginebra habían desconfigurado. “No puede ser, no puede ser...”, gritaba y maldecía al mismo tiempo mientras pateaba las sillas de diseño. Aquellos tipos -solos o con ayuda externa, por propia iniciativa o empujados a ello- habían organizado un entramado indescifrable. Las cuentas no cuadraban por ningún lado. La deuda aumentaba como la cola del paro: 40, 60, 80, 90 millones en números negros; y además, las reclamaciones de pagos, las demandas en los juzgados, las indemnizaciones millonarias a empleados que pagaban su silencio de antes y el de después... Sertucha llevaba desde mayo de 2014 sumergido en documentos mientras los presuntos responsables no daban señales de vida ni la justicia intervenía para depurar responsabilidades. Miró por la cristalera que da a los campos de Cordovilla y acarició con sus dedos el suave tacto de la vieja bandera, recuerdo de antiguos ascensos; con la mano libre encendió el mechero y acercó la llama a la pira de papeles. “El fútbol es así...” masculló mientras se alejaba del estadio.
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