nadie se pone de acuerdo sobre si la última nevada es o no la más grande de los últimos años, sobre todo porque no todo el mundo se remite a la misma fecha como referencia. Pero lo que nadie puede poner en duda es que es la más fotografiada y contada al instante de las que hemos vivido. Ya casi no miramos nevar desde la ventana, porque nieva en nuestros bolsillos, en las pantallas de los smartphones que nos van poniendo delante imágenes y vídeos de todas partes y de ningún sitio. Nunca como ahora un mismo lugar oculto por la nieve tenía tantos nombres o unas ovejas eran de tantos sitios a la vez. Ya fotografiamos a la misma velocidad que hablamos y contamos con imágenes lo que no nos decimos con palabras. Porque también cada vez escribimos menos, tan poco que ya dicen que a la mayoría de la gente se le está olvidando escribir a mano. Y será verdad. Con lo que cuesta aprender a escribir para que luego valga lo mismo un te quiero en un papel que un emoticono con un corazón. Bueno lo mismo lo mismo no, eso está claro, lo que has escrito de puño y letra sólo se escribe una vez, no se reenvía. Y es que las redes sociales ya son como una calle por la que transitamos, y de la misma manera que al salir a comprar el pan te quedas un rato hablando con quien sea que te encuentres, hablamos por las redes y nos comunicamos en ellas con gente que se nos cruza. Es algo imparable. No se trata de querer o no querer. Son parte de nuestro mapa vital. Estamos ahí, a veces tan indefensos en ellas como en un callejón oscuro de una ciudad desconocida, a veces relajados como en una playa recóndita. La vida real se ve, la de las redes no del todo. Ahí es más difícil saber lo que está pasando, lo que es verdad y lo que no. Están siendo un aliado de muchas causas justas porque se difunden al instante a miles y miles de destinatarios; son divertidas y dan compañía, pero son al mismo tiempo herramientas de control, acoso y extorsión. Hay que aprender a vivir en ellas, no solo con ellas. Y no hay más escuela que la vida. Los niños ya no nacen con un pan debajo del brazo, pero casi sí llegan con un teléfono móvil. Aprenden a usarlo antes que a andar.