La vida se construye a golpe de pequeños gestos, más que de grandes hazañas, al menos la de cada día, la cotidiana, la que todos tenemos de puertas adentro, la que importa de verdad. En esa vida hay momentos, gestos, que con el tiempo se convierten en esas buenas costumbres que siempre te arrancan sonrisas. Una de ellas es, al menos un día al año, regalarnos flores y libros. Un regalo para nosotras o nosotros mismos o para esa persona que seguro sabrá entender tu mismo lenguaje de colores y palabras. Ese título buscado con intención... Es un placer levantarte y tener entre las manos un libro nuevo para leer, una historia desconocida que desde ese momento forma parte de la tuya. Da igual el soporte, el papel o el ebook. Lo importante es leer. La vida de un libro es una y cientos a un tiempo. Es una cuando se está escribiendo para quien la idea y es otras muchas para cada lector o lectora que de alguna manera decide su futuro. Primero si lo lee o no y luego si una vez leído es de los que perduran o de los que, como las flores de Sant Jordi, se marchitan rápido quedando solo la intención. Últimamente abundan los segundos. Demasiado libro y poca buena literatura. Mucho autor y poco escritor. Las dos esferas en las que ayer Goytisolo, el merecido y comprometido Premio Cervantes, dividía a los escritores: los que buscan visibilidad mediática y aspiran a triunfar y los adictos a escribir como él: “Incurables aprendices de escribidor”. Es curioso, al mismo tiempo que la crisis está golpeando duramente al sector del libro como negocio, obligando al cierre de librerías y a la quiebra de algunas editoriales, que no pueden competir con tanta piratería, hoy es más fácil que nunca escribir un libro, difundirlo, autoeditarlo y compartirlo, en papel o en la red. Que sea bueno es otro tema, que aporte algo nuevo también. Da la sensación de que hoy tener un libro propio es más fácil que tener un hijo, que solo con ponerse a ello se consigue. Pero las estanterías están llenas de obras que nunca se leerán o de libros de un solo uso, los que una vez leídos no tienen nada nuevo que decir.
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