Arranca la campaña. Aunque da la sensación de que llevamos años viviendo la política como una continua campaña electoral. El marketing por encima de las ideas. La frase en prime time antes que el discurso reflexivo y matizado. Hoy un político o política puede acabar su carrera por un mal tuit o un desliz en youtube. Los instrumentos cambian y hay que adaptarse. Pero lo importante ahora no son los medios sino los fines. Y ahí está el problema. Da la sensación de que esta campaña puede ser la de las nuevas tecnologías, pero en el fondo, lo que está en juego es el sentido de la propia política y los políticos. Es la última oportunidad. No es una cita electoral más. Hay tanto en juego que el 24 de mayo es una fecha clave que puede marcar un antes y un después. Los políticos lo saben y se les nota. Están nerviosos. Saben que no solo se trata de votar y ser o no elegidos, sino de legitimar a futuro la actividad de la clase política. Casi todos llegan a estas elecciones con la cabeza baja, algunos arrastrando mochilas demasiado pesadas y otros mirando de reojo, con el bolso todavía vacío, para, en ambos casos, tratar de ganar o recuperar la confianza perdida de los ciudadanos y ciudadanas. Eso es lo que está en juego esta vez y por eso más que nunca la sociedad tiene, tenemos, la palabra. De verdad que puede ser la última oportunidad para la política, para reinventarse y volver a presentarse como un instrumento de cambio social. Es tiempo de recuperar la política como bien común. El compromiso ciudadano y la participación en el espacio público como clave. De hablar de votos y no de vetos. Se ha levantado un dique muy grande entre la gente y quienes quieren representarnos. O dicen hacerlo. Pero por las dos partes. La sociedad necesita aire, futuro, diálogo, pactos, soluciones, avanzar. Nada da igual ni todo es lo mismo. No basta con criticar a la casta o hablar de “los de siempre” o que “todos son iguales”. Ya no queda tiempo, hemos perdido demasiado. Viendo la foto de nuestra portada me viene a la cabeza el juego de las sillas; imagino a los candidatos y candidatas girando en busca del último asiento, pero la música, sin la que no hay juego, la controlamos los ciudadanos.