Hay momentos en la vida estudiantil que no se olvidan fácilmente porque te marcan para siempre, como el día que tienes que decidir qué estudiar y a qué dedicarte. Pocos lo tienen claro y es normal no tenerlo. Una de las elecciones más decisivas en la vida se toma en una etapa en la que por edad y por experiencia todavía la duda gana terreno a la certeza. Y si ya es complicado a los 18 saber qué quieres y al mismo tiempo pensar cómo te verás a los 50 dentro de esa profesión que estás eligiendo, seguramente con toda la ilusión del comienzo, lo es más todavía si esa decisión depende de las décimas de más o de menos que arroje la nota media de la selectividad y el Bachillerato. Una décima arriba o abajo, puede hacer que el médico más vocacional acabe estudiando empresariales, que un ingeniero convencido termine siendo profesor de infantil o que se pierdan magníficos profesionales por esas notas de corte tan elevadas que se piden en las principales universidades. Lo saben bien los alumnos y alumnas navarros que han reclamado la nota de lengua, con resultado positivo para ellos. La Prueba de Acceso a la Universidad, que tal como está ahora vive sus últimas ediciones, es un antes y un después en la vida, porque esa nota, quieras o no, te determina como futuro trabajador y como persona, porque son tantas las horas que a lo largo de la vida se pasan en el trabajo y es tan difícil ir envejeciendo sin perder la vocación, que al menos la carrera debe ser un camino feliz hacia donde uno quiere llegar. Esa nota puede suponer abrir o cerrar la puerta al futuro soñado. Ese es el drama por el que cada junio pasan miles de estudiantes, buenos o no tanto. Y aunque más del 90% aprueba, el 5 ya no es suficiente y muy pocos tienen la suerte de estudiar lo que quieren, al menos en un centro público. La selectividad es una prueba dura e injusta, siempre lo ha sido, pero tengo la sensación de que antes no conllevaba la angustia con la que la viven ahora los jóvenes. No podemos crear un mundo donde solo los mejores estudiantes tengan su sitio, donde la vocación y el buen desarrollo de un trabajo dependa de las notas de la adolescencia, esa edad tan frágil todavía.