Está bien construir puentes, de hecho la vida es un constante tender puentes, vías que nos faciliten el tránsito de unos lugares a otros, de unas personas a otras; puentes visibles e invisibles, a veces igualmente necesarios para avanzar. Los hay mas austeros o más pretenciosos, más sólidos o demasiado frágiles, pero todos, desde su humildad o fortaleza, tienen la misma voluntad de unir lo que la naturaleza, o el ser humano, ha separado. Pueden con los ríos, pueden con los mares y con alturas imposibles; a veces unos se superponen a otros y donde antes hubo una sencilla pasarela, un bello puente colgante al estilo de los de Madison (qué gran película y qué hermosa historia de amor), de pronto se alza una obra impresionante de ingeniería civil y el romanticismo desaparece en favor de la modernidad y la vanguardia. Hemos visto dos ejemplos esta semana, uno más cercano, en la autovía del Pirineo, y otro más lejano, en Cádiz, con la firma navarra de Javier Manterola. Los puentes unen y permiten seguir el camino, por eso se destrozan en las guerras, para impedir que avance el enemigo aunque de paso impidas el paso a los tuyos. Y esta metáfora de tender puentes o de volarlos para la vida es esencial en la política y lo está siendo en este nuevo Gobierno del cambio que ayer dio un paso más en esa voluntad de unir lo que tristemente está roto. No es fácil cruzar de un lado a otro pero hay que acercarse a la orilla y tratar de reconstruir una sociedad fragmentada por el dolor de la sinrazón de la violencia. Las imágenes de ayer en Leitza en el homenaje a Juan Carlos Beiro, asesinado por ETA hace trece años, hablan por sí mismas. Pero nada es insalvable si hay voluntad firme para construir el puente de la convivencia y la reconciliación con el que salvar años de aguas turbulentas. Y el Gobierno ha empezado a crearlo con cimientos sólidos, sin rencor, pero con memoria; sin olvido y con la convicción de que es posible una Navarra diferente, para que luego cada persona, libremente, decida si cruza o no hacia esa nueva sociedad o si se queda enquistado en cualquiera de las dos orillas.