cada edición de la fiesta del cine, con entradas a 2,90 euros, vuelve a poner de manifiesto una doble realidad: que la gente sigue queriendo acudir a las salas para ver cine en la gran pantalla y que el precio de las localidades es decisivo para dar el paso. Si atendemos a los datos de la última encuesta de la SGAE, el cine es el único sector que mejoró el año pasado, pero cada ciudadano solo gastó una media de 12 euros en ir al cine, por lo que si éste cuesta más de 7 ni siquiera supone dos sesiones. Vamos, que para ser lo mejor tampoco está tan bien. Las estadísticas culturales indican una clara pérdida de espectadores en general; cada vez consumimos más cultura en casa, pirateada o no, pero cuesta salir y sobre todo pagar por aquello que se va a ver o escuchar. El debate sobre cuál debería ser el precio siempre es delicado y pasa necesariamente por una política pública de apoyo al sector, una política que entienda la cultura como uno de los motores sociales, más allá de su vertiente de ocio y económica. Pero no solo el precio frena la asistencia. De hecho hay una gran oferta cultural gratuita, exposiciones, charlas, conciertos... que no cuelgan ni de lejos el cartel de completo. Ni un precio alto es sinónimo de calidad. ¿Qué nos mueve a consumir cultura? ¿Qué tipo de productos demanda el ciudadano/a del siglo XXI? ¿Hacia dónde deben apuntar las políticas para consolidar una red que arranque en la formación y la educación desde la base para crear personas ávidas de consumo cultural? A falta de que se conozcan los presupuestos de este año para la Cultura, todo apunta a que, si no caen de nuevo, no habrá mucho más de lo que hay. Y ya no es posible seguir creyendo eso de que menos es más o hacer de la crisis una oportunidad. La cultura local necesita que se crea en ella porque por sí misma ya es creíble. Ejemplos hay muchos. Ahí está Minerita, de Raúl de la Fuente, mirando a Hollywood, como una muestra de que lo que se hace aquí puede y debe exportarse como un producto de calidad. No solo de fabricar cosas tangibles vive una tierra. Comunidades como la CAV lo vieron hace años e hicieron de la cultura su apuesta estratégica de futuro. No les ha ido nada mal a la vista de los hechos.
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