Estamos en la semana propicia, en el momento adecuado para realmente marcarnos nuevos objetivos. Pienso que lo importante año a año es querer lanzarnos a cosas nuevas, porque es más triste no tener retos por delante que asumir dentro de unos meses que no lo hemos conseguido. Soñar, en definitiva, con sueños posibles. No es tanto como hacer una lista de propósitos y tacharlos o no a medida que pasan los meses, es pararnos a reflexionar en todo aquello que realmente nos haría sentirnos un poco más cómodos y contentos con nosotros mismos, como individuos y como ciudadanos y ciudadanas, en el ámbito personal y en el social. Pero no siempre depende de uno mismo. Vivimos tiempos difíciles todavía marcados por la fuerte resaca de una crisis que nos ha empobrecido económica e interiormente. Muchos, los que tenemos suerte, somos trabajadores, aunque cada vez más en precario. Trabajamos más por menos, y peor, y ese exceso de trabajo mal remunerado se traduce en falta de tiempo y en riesgos para la salud. Los más jóvenes, pero también quienes pasan de los cuarenta, forman sin darse cuenta esa nueva clase social ya bautizada hace unos meses en estas páginas como el precariado, todas esas personas que pese a tener un trabajo, a veces incluso de lo suyo, no ganan un salario digno para sobrevivir. ¿Y dónde quedan los derechos, las reivindicaciones y la lucha sindical? Cada vez más contratos pero peores; y se reduce el desempleo mientras siguen llegando nuevos parados; y quien está en el paro no puede volver a reengancharse al mercado laboral. ¿Cómo cambiar las cosas cuando sientes que es un círculo cerrado? Cada vez más viven con menos, pero cada vez menos viven con más, en esa obscena abundancia de los mas poderosos. Arranca un nuevo año y el que se va cierra ya sus estadísticas, números que hablan, que suman y restan, que esconden nombres y vidas; algunos habrán formado parte de los nuevos contratados, otros de los despedidos. Las estadísticas del 2016 aguardan en blanco, ojalá se llenen de vidas que han ido a mejor.