El mundo es dual. Dicotómico. Casi esquizofrénico. Mientras estos días la prensa da cuenta del escándalo de los paraísos fiscales, a orillas de Siria miles de refugiados viven un auténtico infierno humano. La gestión neoliberal de la globalización ha producido esta contradicción. Mientras el dinero circula libremente y hace turismo financiero en busca del calor, sin control, de exóticas playas y bancos del todo incluido, sin escrúpulos, el mismo sistema levanta muros y alambradas para impedir el paso a las personas que huyen de la guerra o aspiran solamente a vivir mejor saliendo de la miseria o del fuego de las bombas. Cada revelación sobre los papeles de Panamá se convierte en una especie de sal en la herida humana del drama de los sin papeles, de esos seres humanos que no firman una transferencia sino que, en caso de cruzar las nuevas fronteras económicas, viven como ciudadanos de segunda sin ni siquiera reconocerles la nacionalidad. Personas sin papeles frente a otros que tienen demasiados. Y todo esto sucede ahora y aquí mismo. Ya sucedió antes, pero no aprendemos. Las imágenes en blanco y negro de los refugiados de la Guerra Civil huyendo de la barbarie se han coloreado ahora con el triste color de la tragedia siria, como antes fue la valla de Ceuta y otras migraciones. Tampoco es nuevo que aquellos que tienen dinero y poder intenten ponerlo a buen recaudo lejos del país que dicen defender. Antes era Suiza y ahora Panamá o las islas Caimán. La historia y los protagonistas se repiten. Y siempre pierden los mismos. Aquellos y aquellas que simplemente buscan un pequeño progreso en su vida y en la de los suyos dejando atrás lo que más quieren y lanzándose a una aventura incierta al albur de las mafias ilegales y de las legales, porque los grandes acuerdos entre estados para poner puertas al mundo quizá se amparen en grandes leyes internacionales pero carecen de la más mínima ética humana. Y estos nuevos refugiados y migrantes, al contrario que los especuladores y defraudadores, no envían su dinero a Panamá para seguir enriqueciéndose ellos mismos, sino que el poco que consiguen reunir lo mandan de vuelta a casa con las remesas, creando otro canal de solidaridad humana que no tiene precio.
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