Los ciudadanos y ciudadanas de a pie navegamos entre el desconcierto y la desorientación ante la vida posible y la vida real, la que se nos anticipa como creíble y la que realmente sucede, en un momento en el que todo lo increíble acaba convertido en realidad. Miramos con incredulidad cómo se suceden acontecimientos que nunca pensamos que llegarían y que sin duda cambiarán el rumbo de la historia, de la grande pero también de la que se escribe a diario. Nos despertamos un día con el Brexit, amanecimos otro con el No a la paz de Colombia y ahora millones de americanos eligen como presidente al republicano Donald Trump, mientras América se rompe y el mundo tiembla ante lo que pueda venir. Así son las votaciones, nada está decidido hasta que se decide. Pero da la sensación de que detrás de algunos votos hay demasiada ligereza, como si no fuéramos conscientes de lo mucho que nos jugamos cada vez que nos sometemos al libre ejercicio de votar. No da lo mismo una que otro, no da lo mismo dentro que fuera, no es igual sí que no y mucho menos derecha que izquierda. Y no da igual en la vida de cada uno de nosotros y nosotras, en la que discurre al margen de las encuestas, las redes sociales, las pantallas, los grandes medios y las conclusiones de los analistas políticos que últimamente no andan muy acertados en sus pronósticos, porque en el escenario cotidiano, quien nos gobierna dirige nuestras vidas. Y la dirección que se marque desde la política es la que va conformando generación tras generación la historia de un país, de una nación, de una ciudad, de un pueblo. De lo local a lo global, votar y decidir es importante porque nada da igual. Y lo estamos viendo cada día en la salud, los derechos sociales, la educación, la integración social, la lucha por la igualdad de la mujer... Y ahora lo verán de nuevo los americanos que han depositado su sueño donde el resto vemos pesadillas. Poco queda ya por decir del sorprendente resultado de las elecciones americanas, pocos adjetivos descalificativos quedan por usar para definir lo que nos espera con el nuevo inquilino de la casa Blanca. No ganamos nada, perdemos casi todo y todos. Nos hemos cansado de oír que Trump es un populista con un discurso xenófobo, racista, machista y antisistema, que entre otras perlas quiere recuperar América para los americanos, expulsando a millones de inmigrantes sin papeles. Pero ahora llega lo peor, que es tener que cargar con sus acciones políticas no ya como palabras sobre un estrado sino como hechos sobre nuestras vidas. El personaje resulta extravagante, pero la persona que ahora decidirá el futuro de EEUU es, sin duda, amenazante.
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