Me llamó la atención en el periódico de ayer una noticia breve que recogía la conclusión de un estudio de la Universidad de Navarra. El encabezamiento afirmaba que “vivir a más de 450 metros reduce el riesgo de síndrome metabólico”. Como soy un poco hipocondríaco -si es que se puede ser solo un poco hipocondríaco-, lo primero que hice fue comprobar a qué altitud está mi pueblo: 490 metros sobre el nivel del mar. Más tranquilo, revisé la estrecha relación que mantienen las enfermedades y la estadística; no hay cáncer, gripe o migraña que no tenga una valoración porcentual asociada a alguna circunstancia exógena. Los hábitos, lo que consumimos, los vicios y hasta la ubicación geográfica tienen una traslación, en tanto por ciento, que ayuda a estudiar causas, aconsejar prevenciones y posibles tratamientos.
El tabaco, el alcohol, la obesidad, el sedentarismo, aparecen en todos los estudios como veneno que acorta la vida. Pero no hay médico ni especialista que garantice que seguir al pie de la letra los consejos para erradicarlos garantice alcanzar los 90 años. Entre otras cosas porque el ámbito socioeconómico en el que se desenvuelve el individuo supedita también llevar una vida sana. En ese punto ha puesto el acento otro estudio, este financiado por la Comisión Europea, que incide en la relación entre pobreza y esperanza de vida. Un asunto que no tiene tanto que ver con las prestaciones del sistema sanitario. Tampoco es ninguna sorpresa; mal se puede subsistir sin apenas ingresos, pero tampoco ayudan nada las condiciones laborales que afectan a la salud de las personas en un amplio abanico en el que caben desde las sustancias tóxicas manejadas, los puestos de alto riesgo físico, el estrés y el moobing. Aquí también hay material para trazar unos porcentajes reveladores. Pero claro, es muy fácil recomendar a alguien paseos diarios y dejar de fumar, en lugar de recetar a gobiernos y empresarios más atención a los desfavorecidos y mejores condiciones de trabajo.