Editorial

Responsabilidad desde el realismo

31.08.2020 | 00:21
Imagen de un botellón

No cabe caer en el desánimo ante la persistencia del coronavirus, pero sorprenden las actitudes de quienes siguen actuando desde la imprudencia y participan en botellones o eluden llevar la mascarilla

Mucho antes de lo esperado, el rebrote de la pandemia de covid-19 ha venido a demostrarnos que el horizonte de los próximos meses será complicado y, en ocasiones, doloroso. Sin llegar a profundizar en las consecuencias socioeconómicas que ya estamos padeciendo, con una caída de la actividad y la demanda a nivel mundial, la mera sucesión de datos diarios de positivos nos pone ante la evidencia de que la excepcionalidad se va a prolongar. Se ha puesto en cuestión la capacidad de aprendizaje y concienciación social ante la amenaza, pero la realidad dice que el grado de responsabilidad compartida va en aumento y que sus lagunas, por llamativas que resulten, no definen al colectivo infinitamente mayoritario de la sociedad. Sin embargo, las cifras de positivos ayudan a dibujar un panorama de gravedad al que no debe restarse trascendencia pero tampoco amparase en él para alimentar el desánimo. Los datos objetivos hablan de un aumento de infecciones afloradas merced al incremento de las pruebas de detección. Los servicios sanitarios han aprendido y, sobre todo, disponen ahora de los medios de control que no existían al inicio de la pandemia, en marzo y abril pasados. Pero la comparativa de evolución entre ese período y el ciclo vacacional que ahora llega a su fin acredita que la presión sobre las estructuras sanitarias es en estos momentos mucho menor, con un número de hospitalizaciones y fallecimientos aún persistente pero mucho más contenido. El tiempo de ingreso en hospitales se ha reducido también y la asintomatología es hoy la manifestación más habitual de los contagiados. Hoy, las cifras récord de positivos no conllevan el desarrollo de la enfermedad. Esto no quiere decir que podamos permitirnos bajar la guardia. Bien al contrario, el hecho de que el coronavirus acredite una presencia latente, oculta, en la sociedad demuestra que la protección de los más vulnerables exige una máxima precaución individual. Sorprenden por ello las actitudes de quienes parecen irresponsabilizar a la ciudadanía tratando de enfocar toda la exigencia a las administraciones, y llaman todavía más la atención quienes siguen actuando desde la imprudencia más absoluta. Los datos del último mes en Navarra, con 350 botellones disueltos –unos 50 de ellos solo este fin de semana– y más de 1.800 multas por no llevar mascarilla, son motivo de algo más que el reproche.