En el mundo existen unas 5.000 lenguas. 12 de ellas son gigantescas en cuanto al número de hablantes. Las que tienen un estado propio no llegan a 200. Todas las demás están en peligro de desaparición. La tendencia al latifundismo lingüístico es demoledora. Además, hoy en día todo va mucho más rápido, también la extinción de lenguas.
En medio de este panorama el euskera se nos presenta como una rara avis, no solo por su antigüedad y su falta de parentesco conocido con cualquier otra lengua viva o desparecida, sino por su singular y vigoroso proceso de revitalización, admirado a nivel mundial.
A lo largo de la historia el euskera no lo ha tenido fácil: durante siglos ha sido una lengua ágrafa, esto es, no utilizada para la comunicación escrita, salvo excepciones. A partir del siglo XVIII con la imperante idea de “un estado, una lengua”, el retroceso del euskera se aceleró de manera drástica y traumática. Su desaparición podría haber sucedido de manera casi inadvertida si no hubiese sido por el empeño de muchas personas que han trabajado en la misma dirección a lo largo de los años.
Todos estos movimientos confluyeron en 1968 con la puesta en marcha del batua, que no es un idioma inventado, por mucho que les pese a algunos, sino la estandarización de una lengua ya existente. Un proceso que todos los idiomas modernos han llevado a cabo simplemente para poder ser utilizados en la enseñanza, en la administración, en los medios de comunicación o en internet, por ejemplo, tanto en registros formales como informales. Estas ganas de seguir adelante, trabajando codo a codo con tu gente y superando mil obstáculos, es lo que simboliza de manera física e imponente la Korrika. ¡Ahí estaremos!