Estes viernes se cumplen seis meses desde el acuerdo de alto el fuego alcanzado en Gaza y su balance no puede ser más decepcionante ni más reprobable la retórica de la Administración Trump que lo envolvió. Desde su firma, más de 700 gazatíes han muerto asesinados por tropas israelíes –180 de ellos, niños–; 1,7 millones de desplazados siguen sin poder regresar a sus hogares; apenas un centenar de camiones de ayuda cruzan a diario la frontera frente a los 600 comprometidos, y la reconstrucción es prácticamente inexistente. El acuerdo impulsado por Estados Unidos se manifiesta como un marco unilateral, sin garantías reales ni voluntad política de hacerlo cumplir. De hecho, la presunta mediación estadounidense ha servido más para blindar la imagen de su aliado, Benjamín Netanyahu, que para proteger a una población civil sometida a ataques y hambruna.

A fecha de hoy, no existen visos de que se constituya y despliegue una fuerza de verificación internacional efectiva que aporte seguridad, no hay presión diplomática ni se giran facturas por el incumplimiento sistemático por parte de Israel ni tampoco para asegurar la apertura de pasos que permitan transitar ayuda como el de Rafah. Y persiste la expansión de las zonas militares determinadas unilateralmente por el Ejército israelí. Todos ellos son compromisos que están suscritos y constituyen la razón y credibilidad del alto el fuego, pero sobre el terreno rige el principio de impunidad.

Pero no cabe considerar el panorama accidental. La tregua en Gaza ha permitido a Benjamín Netanyahu reorientar el grueso de sus fuerzas ofensivas hacia Líbano, donde su interés se desplaza ahora al enfrentamiento con Hezbolá. Gaza queda sometida en una emergencia humanitaria crónica mientras el esfuerzo bélico israelí se concentra en un nuevo frente, sin respuesta ética de la comunidad internacional. Cuando el mediador –EE.UU.– es, en ralidad, el principal valedor político y militar de una de las partes, un alto el fuego acaba siendo una pausa táctica. La experiencia de estos seis meses en Gaza confirma la escasa fiabilidad de los acuerdos diseñados al estilo de Trump: en clave unilateral y sin verificación independiente. No acercan la solución del conflicto, sino que ejercen de coartada para prolongarlo por otros medios y en otros escenarios.