Alberto Núñez Feijóo ha cruzado todas las líneas que le alejan de un cercano retorno al centro liberal o a la cultura del consenso. Con sus insistentes alineamientos en la teoría conspirativa del “gran reemplazo electoral” a cuenta de la llamada Ley de Nietos, el líder del Partido Popular asume sin rubor las paranoias populistas de la extrema derecha. Pero este deslizamiento ideológico no es un exabrupto aislado del líder nacional, sino la confirmación de una estrategia que ya contamina toda su arquitectura territorial.

La claudicación de Juanma Moreno en Andalucía, entregando una vicepresidencia a Vox y asumiendo su marco programático, certifica que el PP ha renunciado a gobernar desde la moderación para mimetizarse con el extremismo.

Los eufemismos esgrimidos por los barones conservadores son retórica: la xenófoba “prioridad nacional” no se oculta bajo el ropaje administrativo del “arraigo” –fórmula calcada con precisión milimétrica en Andalucía, Extremadura, Aragón, Castilla y León y la Comunidad Valenciana– ni mucho menos modera a sus socios, sino que institucionaliza la discriminación.

La rendición del Partido Popular ante el mandato ultra es absoluta y abarca todos los frentes. Han cedido dócilmente al discurso más reaccionario contra la diversidad cultural y las libertades de género, asumiendo sin matices la criminalización de los menores migrantes, la asfixia económica a las organizaciones humanitarias y el veto a las políticas de igualdad. Una claudicación que resulta profundamente lesiva para la salud democrática y que se nutre del asalto sistemático a la verdad histórica.

Este PP abraza con convicción las mal llamadas “Leyes de Concordia”, diseñadas para blanquear la dictadura franquista frente al avance de la memoria democrática, y que suponen una afrenta directa a las víctimas y una ruptura del consenso democrático. El PP de Feijóo ya no aspira a domesticar a la extrema derecha; simplemente ha fagocitado su esencia o ha dejado sus riendas en manos de quienes nunca salieron de la nostalgia.

Mientras legitime bulos sobre la inmigración y legisle contra los derechos civiles, la derecha española abandona cualquier vocación de centralidad para atrincherarse en un populismo intolerante que la incapacita para liderar una sociedad plural.