Ya están ahí
Cuando te haces rico, te tienes que arreglar los dientes, Lutxo. Eso tiene que ser lo primero de todo. La prioridad número uno: una dentadura perfecta y reluciente. Para poder mostrar toda la amplitud de tu sonrisa cuando se te acerquen las cámaras. La tribu humana es así: cuanto más se te acercan las cámaras, más guapo tienes que ser, más contento tienes que estar y más relajado tienes que parecer. Ser, estar y parecer, esa es la vieja cuestión de nuestra rancia ralea, Lutxo, viejo gnomo, le digo, aprovechando que es lunes, estamos en carnaval y parece que llueve con ahínco.
No obstante, la vida es bella, si la miras con buenos ojos. Y tampoco hace falta tener una dentadura perfecta para sonreír amablemente, por aquí o por allá, de vez en cuando, si se tercia. Los ricos, Lutxo, cada vez me gustan menos, no sé por qué será. Es como si estuvieran perdiendo su glamour. Aunque puede que sea otra cosa: puede que no lo estén perdiendo sin querer, puede que se estén despojando deliberadamente de él.
Puede que crean que ya no necesitan fingir y presuman de quitarse la carátula del encanto con fiereza. Para asustar. Es como si estuviera empezando un mundo de los ricos. Ya están ahí. Una nueva relatividad moral. Una exhibición ceremoniosa de sesgo arrogante y provocador. Ya veremos qué logran provocar, viejo gnomo, le digo.
Y entonces me cuenta que a él, el otro día, en un bar, se le cayó un implante al comerse una croqueta y se lo tragó sin darse cuenta. Ni me enteré, dice el tío. De modo que le digo que no me lo creo y me enseña el agujero al reírse a carcajadas. La vida es un carnaval. Todo está siendo constantemente adornado. El aspecto forma parte de la organización del sistema, Lutxo, le digo. Y me suelta: Pues esperemos que sea para bien.
