No hay progreso, dijo Lacan. En cierta ocasión. Obviamente, se equivocaba, creo. Porque no puede no haber progreso en la aventura del conocimiento y la conciencia. Está claro que ese viaje no se ha detenido aún. Tanto el inconsciente como la conciencia siguen evolucionando. Y esa es la cuestión. Lo que vio Lacan, nadie más lo verá. Como nadie verá lo que ves tú. No obstante, si hubiera dicho que no hay regreso (que puede que también lo dijera alguna otra tarde, en autre bistro), no habría quedado otro remedio que darle la razón, claro.

Porque lo que no hay es regreso. Y lo sabemos. De hecho, esa es la idea grumo contra la que luchamos todos. Porque, de algún modo, a nuestro cerebro le encanta fantasear con esa ilusión: con los orígenes, con las esencias, con la infancia. ¿Por qué será? No tengo ni idea. Lo malo y lo bueno, es que es así y punto. No hay regreso. Por mucho que sueñes con él. El pasado, pasó. Y nunca volverá. Y saberlo no hace ningún daño, Lutxo, viejo amigo, le digo a Lucho, en la terraza del Torino, aprovechando que ya estamos en febrero, es lunes, hace frío, empieza a llover y el toldo está completamente recogido.

La vida es muy graciosa, si la miras con buenos ojos. La nostalgia de una patria, una España fantaseada y ficcionalizada que, si alguna vez existió, ya ha desaparecido y nunca volverá, esa nostalgia de naturaleza integrista, podríamos decir, está haciendo revivir el odio. Obvio. O lo que es lo mismo: el voto a Vox. Al núcleo básico que saca pecho. Que se jacta de ser fiero. Eso tendrá su tiempo. Va a durar lo que dure. Ya lo estamos viendo todos claramente.

En Aragón, dicen que Vox puede doblar resultados. Esto está pasando en presente. Dentro de poco, se harán con el gobierno de España y tratarán de imitar a su jefe. A Daddy. Lo triste es que saberlo, al parecer, tampoco va a servir para impedirlo, Lutxo, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.