El narcótico de la insolidaridad y la inhumanidad

16.09.2020 | 00:37
La Mesa de Redacción por Joseba Santamaria

La tensión, con evidentes trazas de drama humanitario, ha vuelto a los límites fronterizos de Europa con miles de refugiados y migrantes como protagonistas involuntarios de un macabro y lamentable juego de intereses políticos, económicos y geoestratégicos de diversos países, con la UE, una vez más, como testigo indolente. El incendio del inhumano campamento de Moria donde se hacinaban 13.000 personas, muchos niños y niñas, en un lugar organizado para 3.000 como máximo, ha puesto de nuevo el foco de la noticia en la desesperada situación de las personas refugiadas en las fronteras griegas de Europa. Olvidados y abandonados a su suerte, buena parte de esos 13.000 seres humanos han acabado encerrados en un nuevo campo-prisión sin posibilidad alguna de movilidad y prácticamente en las mismas condiciones de desamparo que antes. Las responsabilidades están claras y tienen su origen en la sumisión de la UE al chantaje del régimen turco de Erdogán, una mezcla de supremacismo turco e islamismo extremista, que convirtió a los seres humanos en una simple mercancía económica. La Unión Europea debe intervenir de inmediato, pero su errática política migratoria –auge del crecimiento de las opciones de ultraderecha y de la xenofobia por todo el continente–, y su sumisa complicidad con los desmanes y chantajes de Turquía son la mejor metáfora del alejamiento en este siglo XXI de los principios originarios de solidaridad, justicia y derechos humanos del proyecto europeo. El silencio indigno de Borrell, como representante de Exteriores en la UE, ante los graves hechos ocurridos de nuevo esta última semana en Lesbos, el ejemplo viviente de la grave incapacidad política actual de la UE. Y los a miles de refugiados y migrantes indefensos y en tierra de nadie, las víctimas humanas de esa insolidaria e inhumana, e incluso xenófoba, política de cerrar las puertas a los refugiados, abandonados casi a su suerte o recluidos en campamentos que, en sentido estricto, son más cárceles que centros de acogida. Se trata de situar de nuevo como valores políticos y éticos la solidaridad y el humanismo y señalar las responsabilidades y los responsables de este inmenso drama de miles de personas y familias abandonadas a su suerte en campos de refugiados infames, sometidos a las mafias de traficantes de personas o perseguidos por los grupos violentos de extrema derecha. Nada que no ocurra también en campos de trabajo o de migrantes en algunas zonas del Estado español. Malos tiempos para el compromiso histórico con los derechos humanos y los valores democráticos cuando un discurso involucionista y reaccionario muy peligroso vuelve a recorrer Europa.