Vox entró en el Parlamento de Navarra hace casi tres años con dos representantes. En todo este tiempo, su hoja de servicios, en cuanto a propuestas constructivas, es irrelevante. Su aportación ha consistido fundamentalmente en elevar el tono y provocar crispación. Como cuando aprovechaba las concentraciones que se celebran delante de la fachada de la Cámara en repulsa de asesinatos machistas para negar la violencia de género.
La tensión también la ha trasladado a sus propias filas. Hace once meses, quien encabezó la lista en las elecciones de 2023, Maite Nosti, abandonó el partido. No así el escaño, que le permite cobrar el sueldo con una actividad testimonial.
Quien era su compañero, el exmilitar Emilio Jiménez, no tardó en meter la pata nada más asumir la portavocía que le correspondió por la renuncia de Nosti y se ganó la apertura de un expediente sancionador por parte de la Mesa del Parlamento al “faltar al decoro” en una comisión.
Pero no parece estar muy afectado por todo esto, ni tener muy desarrollado el sentido del ridículo. Sin ir más lejos, este miércoles volvió a dar la nota exhibiendo un tricornio durante la comparecencia de dos guardias civiles en la comisión que investiga las adjudicaciones de obra pública en Navarra durante las cuatro últimas legislaturas. Curiosamente, lo hizo casi a la vez que su partido defendía en el Congreso la prohibición del uso del burka en espacios públicos. Todo esto se asemeja bastante a la ley del embudo. Ya saben esa que a uno le permite hacer lo que para el resto no está autorizado. Muy democrático.