Disfraces de Carnaval

08.02.2020 | 22:06

Soy de la opinión que en el momento en que vivimos lo que importa es la juerga y la cuchipanda por lo que somos capaces de asimilar y fagocitar tanto tradiciones propias como ajenas que adaptamos rápidamente, despojándolas de todo aquello que sea serio y requiera esfuerzo y/o compromiso, quedándonos, única y exclusivamente, con la parte lúdico-festiva de las tradiciones. Asimilamos el Halloween yanqui despojándolo de todo sentido religioso y nos quedamos con la parte festiva de los disfraces, dulces, etc. mientras ninguneamos el autóctono Día de Todos los Santos que es triste y luctuoso sin margen alguno para el jolgorio.

En los carnavales ocurre otro tanto, nos olvidamos que el Carnaval, originalmente al menos, no es más que la despedida a la carne en los días previos al Miércoles de Ceniza, fecha en la que comienza la Cuaresma que es un periodo de 40 días hasta el domingo de Ramos, día en la que comienza la Semana Santa y así, dejados de lado la abstinencia, recogimiento y ayuno, nos quedamos únicamente con la juerga y el disfraz, cada vez más, comprado en tiendas especializadas que hacen su agosto particular estos días.

Tolosa es la referencia principal de los Carnavales en Euskal Herria (sin olvidar por ello los carnavales rurales de determinados pueblos de Nafarroa) donde el ingenio y la agudeza de los tolosarras brilla con una fuerza especial que atrae a propios y extraños. En Tolosa no hay gran despilfarro económico en los disfraces sino ingenio a borbotones y una firme voluntad de pasárselo bien sin molestar y herir a nadie por mucho que se le critique.

Algo bien diferente a lo que ocurre con aquellos que se disfrazan de inocentes abuelitas, una imagen dulce y cariñosa, bajo la que se esconden, emulando al cuento de Caperucita Roja, las temibles garras de unos irracionales supuestos amigos del lobo que aún sabedores que la población del lobo se ha incrementado en la Península Ibérica en los últimos años en un 20% (de 229 a 297 manadas conformadas cada una de ellas por aproximadamente 8 ejemplares) y que su área de distribución se ha incrementado en un 859%, casi ná, aún así, estos irracionales disfrazados de abuelitas pretenden que el Gobierno Vasco introduzca el lobo en el Catálogo Vasco de Especies Amenazadas con calificación de especie en vía de extinción. Lo que no saben ellos es que la careta de abuelita no nos impide ver que bajo esa amigable imagen se quiere dar un zarpazo de muerte al sector ganadero en extensivo y particularmente al pastoreo extensivo de montaña.

Otro tanto ocurre con aquellos que se disfrazan de rudos leñadores y que salen a la calle pertrechados de hacha o motosierra en sus manos pero sólo con acercarte un poco es facilísimo caer en la cuenta que son conservacionistas extremistas que lo único que buscan es talar todos aquellos árboles plantados por la especie humana y particularmente, aquellas especies arbóreas cuyo destino sea el vil negocio a través de las cortas y su uso bien para muebles, construcción, papel, biomasa, etc. Ellos, bajo sus coloridas camisas de cuadros, quieren hacernos creer que están a favor de los bosques cuando lo único que pretenden es que sólo pervivan aquellas masas forestales cuyo exclusivo destino sea el disfrute, el paseo y la conservación. Eso sí, ellos, los rudos leñadores ni tienen ni quieren tener un solo árbol, lo único que pretenden es dictar las normas que deben cumplir otros.

El carnaval da para mucho y así, avanzamos y nos encontramos con Heidi y Pedro el cabrero con sus sonrosados mofletes y ataviados de los trajes propios de estos entrañables dibujos animados bajo los que, lamentablemente, se esconden los supuestos amigos de los pastores y de la montaña a los que, emulando al cabrero, les quieren conservar en una vitrina, con formol, con las condiciones de vida de hace un siglo y son estos personajes los que, desde su confortable sofá, impiden que los pastores tengan accesos y condiciones de vida y trabajo dignas en la montaña.

Sigo avanzando y observo a unos cuantos bomberos pero, nada más arrimarme a ellos, compruebo que son aquellos otros que quieren prohibir el uso del fuego para la gestión de la montaña y si bien las cosas hay que hacerlas bien, cumpliendo la legalidad, con la autorización oportuna y tomando todas las precauciones posibles. No obstante, antes de que me pongan a caer de un burro, quiero dejar bien patente mi rechazo y contundente condena a la vil actuación de los pirómanos pero de ahí a prohibir el uso del fuego, va un trecho muy amplio.

Finalmente, cuando ya oteo el final de la Calle San Francisco, veo un grupo de talibanes con la cabeza cubierta por sus turbantes y cuando me acerco a ellos, compruebo que ésta vez no son gente disfrazada de talibanes sino que son auténticos talibanes del animalismo como esos irracionales animalistas que utilizando triquiñuelas legales pretenden erradicar la caza en su totalidad. En Castilla y León, ya han logrado la suspensión cautelar de la caza y mucho me temo que estos talibanes llamarán a la guerra santa a nuestros talibanes autóctonos para que luchen por lograr algo similar en nuestra Comunidad.

De vuelta a casa pienso en el disfraz que voy a utilizar en los Carnavales de mi pueblo que se celebran una semana más tarde que en Tolosa y puestos a cansar la cabeza, he decidido que me voy a disfrazar de camarero. No crean que voy a ir de camarero normalito, no. Iré de camarero elegante, camarero de coctelería y no se crean que es por ir de guapo (harto imposible) sino porque, visto lo visto, creo que se están acumulando suficientes argumentos y materias para que el sector primario y el mundo rural en su conjunto, estallen como un coctel.

¡Tiempo al tiempo! como decía el gran Xabier Arzalluz.