La fiesta del último encierro

09.02.2020 | 20:08

El conocido popularmente como encierro de la villavesa viene sucediéndose sin interrupción desde hace ya muchos, muchos años. Aunque hay quienes, basándose en unas fugaces imágenes del No-do del 16 de julio de 1962, retrotraen su nacimiento hasta ese año, la hipótesis carece de demasiada consistencia. Lo que ahí se ve es a hombres, mujeres y niños bailando alegres por la calle Chapitela con una villavesa, es cierto, detrás. Pero eso no significa nada más allá de que, por aquel entonces, las villavesas seguían haciendo con normalidad su recorrido incluso en San Fermín, algo impensable hoy. Ahí vemos fiesta, sí, pero no encierro. Todo indica que, como afirman los entendidos en estas lides, el año fundacional fue 1986.

En Youtube podemos encontrar, de hecho, un magnífico vídeo de la carrera de 1988, editado nada menos que por TVE1, que al parecer realizó todo un despliegue informativo ese año, colocando incluso un cámara en el interior de la villavesa. Porque, como es harto sabido, el nombre del encierro viene del hecho de que durante los primeros años del mismo la línea 6, que por aquel entonces subía por la cuesta de Santo Domingo, fue utilizada a modo de improvisado sustituto de los toros. Los corredores, por su parte, no eran ni los habituales divinos ni los valerosos mozos que se juegan el tipo delante de los astados, sino un inclasificable y peculiar grupo de juerguistas, tarambanas y calaveras que se negaban -y se niegan-a asumir que todo esto acaba el 14 a medianoche con el Pobre de Mí. Ellos y ellas quieren más.

En algún momento de los 90, y sin duda con buen criterio, el Ayuntamiento canceló el recorrido de la línea durante la fatídica hora de las 8 de la mañana. Pero eso no fue obstáculo para que la tradición popular, ya muy arraigada entre los incondicionales de la noche del 14, perdurara por sus propios medios. En 1995 ó 1996 -los expertos discrepan en este punto- hizo su aparición estelar un mozo disfrazado de Induráin. Eran los años de gloria del ciclista, una figura de renombre mundial entonces por sus apabullantes éxitos en el Tour de Francia. Un gigante, además, nacido en Villava, la localidad que da el nombre a los autobuses de Pamplona y, a la postre, claro, al propio encierro de la villavesa.

El caso es que, enfundado en el inconfundible maillot amarillo y armado con la mítica Espada -la bicicleta más famosa del mundo, con la que Induráin batió en 1994 el récord de la hora-, aquel mozo sustituyó a la villavesa, haciendo las veces de esforzado astado. El gentío lo recibió como a lo que sin duda era, un héroe del cachondeo, de la fiesta y del buen humor. Y así, junto a otros espontáneos igualmente iluminados por la audacia de lo jovial, entre los que destacó muchos años un mono Charlie, ha sobrevivido el encierro hasta hoy. Porque, de modo casi prodigioso, aquel mozo sigue hasta hoy mismo acudiendo a su particular cita con San Fermín. En 2019 corrió su vigesimotercer o vigesimocuarto encierro. Desde Santo Domingo -con cohete, adoración al santo (ejem) y cánticos incluidos- hasta el callejón, más de veinte años haciendo posible la continuación del jolgorio. Se dice pronto. Hay que llevar la fiesta muy muy dentro para hacer algo así, y la palabra "pasión", que Hemingway conocía tan bien, tiene sin duda todo que ver.

Porque, para cualquiera que lo haya vivido, ese encierro es la fiesta en estado puro. Un maravilloso sarao alcohólico sin sentido alguno, surgido solo por y para la risa y la parranda. Algo que, desde las Dionisias de la antigua Grecia hasta cualquier festival multitudinario de rock, habita en el corazón de la fiesta, porque toda fiesta es siempre un espacio de interrupción de lo cotidiano, un momento en el tiempo en el que las reglas y la sensatez quedan de lado y aparece lo inesperado, lo insólito, lo extravagante. El encierro de la villavesa atrapa ese momento anárquico, inclasificable y entusiasta que se resiste a ser encauzado de acuerdo a los dictados de la razón. Todos los Sanfermines respiran algo de ese espíritu. También de otros espíritus, por descontado, pero el último encierro es la expresión más acabada de esa vivencia de lo irracional y lo instintivo que acompaña siempre a lo festivo.

Hace algunos años se intentó, desde el Ayuntamiento de UPN, acabar manu policiali con el encierro de la villavesa. Mala idea. La cosa no va más allá de una continuación de las fiestas por otros medios durante media hora escasa. Es solo juerga, y mandar a la Policía Nacional a disolver a los jóvenes pamploneses a pelotazos no parece la medida ni más respetuosa ni más inteligente del mundo. La izquierda abertzale intentó, por su parte, como intenta con todas las expresiones populares, apropiarse del movimiento. No se lo permitieron. A los portentosos juerguistas que están al mando de la cosa, que son todos los que van, toda esa clase de politiqueos de salón barato les resbalan maravillosamente. Solo hay que verlos en acción durante su descacharrante recorrido para comprender que están demasiado por debajo de todo eso, que es la manera más radical de estar por encima. Lo mejor es sin duda que el encierro de la villavesa continúe como nació: libre, inclasificable y divertidísimo. Y que el capote de Induráin los proteja muchos años.

El autor es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pública de Navarra