Por una democracia ‘radical’

10.02.2020 | 04:48

asistimos a un tiempo de inestabilidad política en relación a nuestro sistema democrático. La nueva convocatoria electoral estatal ha provocado hartazgo y cierta indignación en la mayoría ciudadana ante la irresponsabilidad e incapacidad para hacer política por parte de quienes tienen esa encomienda. Creo, por eso, muy oportuno compartir algo del fruto de una ponencia que estos días presento en Oviedo en el marco del V Congreso sobre pensamiento filosófico contemporáneo dedicado a la democracia. Mi objetivo ha sido darle otra vuelta y refrescar la aportación teórica, en torno al tema, del filósofo español José Luis L. Aranguren que, aunque hoy algo olvidado, fue referente intelectual y conciencia moral de la sociedad especialmente en la España del último cuarto del siglo pasado. Quiero subrayar el valor aún vigente de un planteamiento integral, de fondo, lo cual explica el calificativo de radical -etimológicamente que va a la raíz y en este caso una raíz necesariamente moral-, que empleo en el título para definir la propuesta arangureniana.

A continuación voy a exponer algunas de las conclusiones de mi trabajo donde lo primero que destaca es la concepción de la democracia como un sistema dinámico, no acabado, que ha de ser vivida como una lucha por la democracia. Con un texto memorable, Aranguren lo expresa bellamente: "la democracia es una conquista ético-política de cada día, que sólo a través de una autocrítica siempre vigilante puede mantenerse. Es más una aspiración que una posesión, una tarea infinita en la que, si no se progresa, se retrocede". Además, la democracia no es una empresa exclusiva de la clase política sino de toda la ciudadanía, pues antes y más profundamente que un sistema de gobierno, es un sistema de valores, que demanda una reeducación ético-política. Por eso hay que "organizarla" mediante la participación desde un compromiso moral. Precisamente la expresión clave que resume todo el pensamiento de Aranguren en este tema es la de democracia como moral, lo que se traduce en vivirla como un compromiso político total, un modo de ser y una tarea utópica, además de crítica, más allá de lo posible, pues "la utopía es el espíritu de toda política que no se conforma con ser mera política".

No podemos limitarnos a votar periódicamente sino que hay que ir mucho más allá de este acto ritual, empezando por el comportamiento político personal. Esto implica, entre otras cosas, a que, siendo un mal inevitable dedicarse profesionalmente a la política, al menos antes y deseablemente después se tenga una ocupación laboral conocida y no se aproveche toda la vida del "cuento político". En cuanto a los partidos políticos, imprescindibles en toda democracia representativa, pueden constituir un peligro y un problema, si se convierten en aparatos de poder o en fines en sí, en rígidas organizaciones de cuadros y electores más que de militantes, sin base real ni, llegado el caso, disidente frente a la oligarquía del partido.

Sin embargo, nuestro autor se pregunta y nos pregunta hoy si como sociedad estamos dispuestos a asumir la dura tarea de realizar una auténtica democracia. Parece que para ello son necesarios también grandes políticos y estadistas pero lo que abunda son más bien personas dotadas para la pequeña política, cautelosas y dominadas por el neotacitismo y el consensualismo. Se constata así que ninguna democracia establecida es plenamente democrática, pero no por eso hay que caer en la delegación como dejación o en la identificación con el líder (culto a la personalidad) o con el partido ("mística" partidista), ni tampoco en la alienación por la manipulación político-publicitaria, en la apatía o el desencanto descomprometido. Por otra parte, la democracia política, insuficiente, ha de ser completada por la social o socioeconómica, tarea siempre pendiente, y por otra tercera dimensión, la democracia cultural.

Dentro de esta preocupación sobre la democracia, Aranguren dedica una parte significativa de su reflexión a la identidad y al papel democrático de la izquierda política. Estima que, dentro de la antítesis derecha-izquierda, aún insobrepasable en un Estado bien compensado, la derecha, cuando es inteligente y se atiene a la realidad, se apodera parcialmente del programa izquierdista y, al ser presentado por ella, lo hace inevitable realizándolo. En cambio una izquierda verdadera no se puede permitir la confusión y olvidar que su "lugar natural, el lado del corazón, es el lado opuesto al del poder establecido, el compromiso permanente en la tarea de transformación de la realidad". Por eso es necesaria, según Aranguren, una "izquierda neocontestataria" que encarne los auténticos ideales izquierdistas y no se limite a la mera alternancia del poder. En cualquier caso, toda política cabal tiene que ser, a la vez, tanto ideológica o ética como pragmática o realizable. Y se sigue haciendo preguntas: ¿cuándo aparecerá una disidencia -como la que él, moderada pero firmemente, quiso proseguir- que configure políticamente esta demanda cultural y ética de democracia? De todos modos, no está propugnando una participación política sin mancharse las manos, pues la vida humana no es nunca angelical. Lo evitable ha de ser siempre la corrupción para cumplir el compromiso político con seriedad, frente a la pura "voluntad de poder" y frívolo afán de "figurar" de muchos de quienes se desempeñan en la res publica.

Para terminar, desearía que todas estas ideas nos ayudaran a examinar con más profundo criterio el presente político y la salud democrática del sistema. En mi opinión, necesitamos, por un lado, mayor compromiso personal y comunitario ético-cívico con la democracia realmente existente, donde la educación ha de desempeñar un papel fundamental. Y, por otro lado, también urgen reformas estructurales para "engrasar" mejor los imprescindibles contrapesos institucionales y que la democracia liberal, con horizonte de radicalidad, siga teniendo viabilidad desde una permanente regeneración moral, ante los retos, desafíos y amenazas, internas o externas, de los nuevos autoritarismos y populismos de nuestra época.

El autor es profesor de Filosofía