Unamuno, ante una cruel pesadilla

26.01.2020 | 06:17

la película Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenabar, ha abierto de nuevo el debate sobre el extraño compromiso de Miguel de Unamuno con los sublevados, al comienzo de la contienda bélica, que él mismo llamaría guerra incivil. Tras la insurrección militar de julio de 1936, se adhirió en un principio al bando rebelde y realizó actos difícilmente entendibles en quien era declarado republicano, antimilitarista, socialdemócrata y agnóstico. Sin embargo, muy pronto se dio cuenta de su errada percepción de los golpistas, rectificando el 12 de octubre de 1936 con su célebre frase: Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. ¿Cuáles fueron las razones que le llevaron a semejante giro político? Quizá su frase, yo no he cambiado, han cambiado ellos, refiriéndose a la república, encierra probablemente la clave de lo que pasó por su mente en aquellos momentos.

La Segunda República había emprendido una peligrosa carrera hacia el abismo. Se había convertido en un polvorín con la mecha encendida. De hecho, el general Sanjurjo dio un golpe de estado frustrado, al que siguió una huelga general contra el gobierno de la república, decretada por el PSOE y la UGT, que acabó con la gravísima insurrección de Asturias, durante la cual se mataron a una treintena de sacerdotes y se quemaron unas cincuenta iglesias. Sublevación que fue reprimida brutalmente por Francisco Franco, que ocasionó la muerte de centenares de militares, un millar de revolucionarios y treinta mil detenidos. En un país en el que la pobreza, el analfabetismo y los enfrentamientos civiles eran endémicos, las prisas por realizar en poco tiempo las reformas que, sin duda, eran necesarias, pero que requerían mucho tiempo para llevarlas a cabo, iban a ser mortales de necesidad. Se cometieron, en este sentido, muchos errores que Unamuno advirtió con gran preocupación. En vez de proceder a un desmantelamiento progresivo del inmenso poder que tenía la Iglesia católica, se optó por la confrontación anticlerical, despreciando el enorme poder social que tenía en los colegios privados, púlpitos y confesionarios. Se actuó con peligrosa impunidad respecto a los descerebrados, hasta el punto de que anarquistas incontrolados empezaron a quemar conventos e iglesias que el gobierno no reprimía con suficiente firmeza. Ningún convento vale una gota de sangre obrera, fue la respuesta del gobierno cuando se le reclamó que parase aquella tragedia. En 1933, en plena huelga revolucionaria convocada por la CNT, en el pueblo gaditano de Casas Viejas, los desesperados vecinos asaltaron, armados con escopetas de caza, el cuartel de la Guardia Civil. La represión gubernamental fue brutal, llegando a morir un anciano, dos mujeres y un niño, lo que, sin duda, fue otro grave error. Tampoco ayudó mucho que el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamara por su cuenta el Estado catalán, aunque pronto y con poca sangre se sofocó la desobediencia. En fin, novecientos mil obreros y campesinos en paro, la economía en crisis, el capital asustado, la burguesía inquieta, la Iglesia y el Ejército resentidos y los pistoleros de ambos bandos matándose a tiros en cada esquina, convertían a España en una olla a presión a punto de estallar. Y llegó el 12 de julio de 1936. Ese día, pistoleros falangistas asesinaron al oficial de la Guardia de Asalto, Castillo. Y al día siguiente, en venganza, asesinaron a Calvo Sotelo, líder conservador, lo que conmocionó a todo el país, siendo, probablemente, la gota de agua que colmó el vaso.

La marca de Caín, tan arraigada en España a lo largo de su historia, se cernía imparable y sin remedio sobre un país ingobernable y en el que el Estado no podía imponer el orden, como reconoció Manuel Azaña. En aquel caos, difícilmente reversible, Unamuno, desengañado y preocupado, creyó ver en la cruzada nacionalcatólica la posibilidad de restablecer el orden público y asentar la República. Grave error, sin duda, pues no supo ver lo que en realidad suponía el golpe militar. No obstante, pronto tuvo noticias de la sistemática y criminal represión, del horror frío y cruel de los sublevados con el que ejecutaban implacablemente al adversario en nombre de la unidad de la patria y de la fe católica, apostólica y romana. Su rectificación no se hizo esperar, pues a los tres meses, consciente de las atrocidades que cometían con inusitada crueldad los rebeldes, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca se produjo el célebre enfrentamiento con el amigo íntimo de Franco, el general Millán-Astray. Poco después, tras ser destituido de su cargo de rector de la Universidad de Salamanca y ser recluido en su domicilio, murió de un ictus cerebral el 31 de diciembre de ese mismo año. Después sobrevino lo que Unamuno no vio, pero seguramente intuyó, esto es, la extirpación radical del socialismo, del comunismo, del sindicalismo, del ateísmo, del republicanismo y de todas las libertades, convirtiendo al país en un erial de luto, pobreza, incultura, enfermedad, cuartel y sacristía.

El autor es médico-psiquiatra y presidente del PSN-PSOE

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