Líneas complejas, miradas parciales

08.05.2020 | 01:32

"dulce et decorum est pro patria mori" decía el poeta latino Horacio. La hipocresía de ese "dulce y honroso es morir por la patria" la denunciaba Robert Owen en su poema The Old Lie (La vieja mentira) antes de morir él mismo en las trincheras de la Gran Guerra. El reverso de ese morir por la patria ha sido históricamente el comprometido matar por la patria, y eso nos lleva a la serie televisiva La línea invisible. La serie recrea los primeros años de la historia de ETA y, más en concreto, las primeras muertes sobresalientes de esa historia, las del militante de ETA Txabi Etxebarrieta y el guardia civil José Antonio Pardines en junio de 1969, y la del policía y conocido torturador Melitón Manzanas unas semanas después.

La serie ha recibido opiniones muy favorables y también críticas negativas. Me interesa ahora referirme a estas últimas, en concreto a las escritas por Iñaki Egaña y Ramón Zallo. Para ambos autores la serie es burdamente maniquea, ridiculiza a los militantes etarras, blanquea a la dictadura franquista y a sus policías, en particular a Melitón Manzanas y, en consecuencia, falsea la realidad histórica.

Iñaki Egaña, con notable trazo grueso, denuncia la manipulación grosera de la serie, con su ridiculización del mundo de ETA, la presentación de mentiras intencionadas (en la muerte de Etxebarrieta) y la difuminación del franquismo. En su valoración, cae en el mismo maniqueísmo que denuncia, pues no hay margen entre su crítica radical y quienes aplauden la serie, de relato único y negación del conflicto político, que serían "quienes habitualmente siguen las directrices de Interior". Ramón Zallo, en principio, no deja de elogiar la factura de una serie "bellamente contada". No obstante, la conclusión es igualmente rotunda: la serie no ayuda a entender nuestra historia, sino que la embarra y, en el fondo, es reaccionaria. Por la tergiversación de la historia de aquellos primeros años de ETA, la edulcoración de la dictadura franquista y de sus policías, y la presentación distorsionada de Etxebarrieta. La serie sería particularmente reaccionaria al presentar de forma determinista una continuidad entre aquella ETA, amparada en el legítimo principio de resistencia, y la de las décadas siguientes. Abordaré dos cuestiones que ambos críticos pasan por alto y que considero de particular interés.

La primera hace referencia a un tema central en la serie, a la decisión de matar que se supone que toman los militantes de ETA en un momento dado y que supone un hito, por extensión, en nuestra historia reciente. Creo que, acostumbrados hasta épocas relativamente cercanas al cómputo regular de asesinatos a manos de ETA y, en mucha menor medida, del GAL y otros grupos, hemos banalizado, y muchos han aceptado casi como normal, ese acto trascendental que supone el que alguien decida que tiene derecho, en aras de un bien superior, a quitarle la vida a otro ser humano. Una serie de detalles en la serie, por ejemplo alrededor del asesinato de Pardines, se entienden directamente relacionados con ese paso traumático. Así, cabe interpretar el tema de las anfetaminas y la actitud de Etxebarrieta frente a Pardines y su histérica reacción posterior al asesinato, no tanto como una frivolización y una ridiculización del personaje, sino como un reflejo del impacto que en cualquiera puede tener la conciencia de haber decidido la posibilidad de matar a alguien y de enfrentarse a la realidad de llevarlo a cabo. La posibilidad de matar a alguien debe suponer un trauma profundo, incluso si se justifica la acción por una razón política de orden absoluto y superior.

En segundo lugar, el supuesto blanqueamiento del franquismo y, en particular, de los policías y de Melitón Manzanas. En mi opinión, la serie tiene la virtud de presentar a estos individuos no solo como agentes de la represión de una Estado dictatorial (Pardines, ciertamente, como agente de Tráfico), sino también como personas con una familia, unas relaciones, un entorno más allá de su función represora. Creo que este es un aspecto esencial a la hora de entender a las víctimas, ausente tradicionalmente en la visión más convencional de la izquierda sobre la violencia política y sus consecuencias. Poner nombre y apellidos a las víctimas, conocer su entorno, pensar en quienes son irremisiblemente golpeados por su pérdida ayuda a subrayar las consecuencias irremediables de toda muerte. Y lo controvertido de un personaje como Melitón Manzanas es que reúne la paradójica condición de victimario y víctima. Y en cuanto a su supuesto blanqueamiento, sorprende que alguien de quien se espera un juicio más sutil diga que es presentado en la serie casi con un reflejo simpático. Un tipo cínico, arrogante, hipócrita en el ámbito familiar, a quien se le ve torturar, ¿puede caer simpático? Creo que no. El problema es que su condición de torturador aparece acompañada de otros elementos que simplemente lo hacen más humano (no mejor), pues dichos elementos hacen su figura más compleja.

Dos apuntes adicionales. Se dice también que se naturaliza la dictadura porque, entre otras razones, se ve una sociedad alegre en el parque de Igueldo. El franquismo fue una dictadura implacable, pero en los años sesenta también había espacios de ocio que la sociedad aprovechaba. Junto a las negruras que distinguíamos y denunciábamos con justeza los militantes de la izquierda había más realidades. Se denuncia igualmente como algo anacrónico y abiertamente reaccionario la pretensión de continuidad que la serie establece entre aquella ETA y la de décadas posteriores, aparentemente más rechazable. Pero esa continuidad la reivindican la propia ETA y la izquierda abertzale, al haber convertido a Txabi Etxebarrieta en un mártir, símbolo de la lucha de liberación de Euskal Herria. Por otra parte, la continuidad viene dada por la decisión de convertirse en una organización armada que, pese a las presuntas buenas intenciones iniciales y como confirman otras experiencias históricas, acaba convertida en una organización terrorista. Una reflexión de enorme alcance: ¿es posible (en principio lo niega la evidencia histórica), que una organización que opta por la lucha armada supere el militarismo, el sectarismo, su estructura forzosamente antidemocrática y, en definitiva, su deriva terrorista?

En fin, pienso que, desde la ficción, la serie aporta elementos de reflexión muy interesantes para abordar la progresiva elaboración de ese necesario relato. Y lo hace con un ángulo novedoso y sugerente, abandonando la épica y centrándose en la complejidad poliédrica de las personas concretas.

El autor es catedrático de Historia en la UPV/EHU y miembro de Gogoan, por una memoria digna