on instantes preciosos. Estoy en el interior de un cine cuando se han apagado las luces, la música y los títulos de la película van apareciendo en pantalla. A los actores principales los conoces, alguno incluso tiene toda tu estima desde hace años y sabes que si él actúa el film es bueno. Si él está ahí la cosa tiene interés. La mujer que está a tu lado -siempre es una mujer- no es tu amante pero pudiera serlo, imaginas en la oscuridad su belleza estragante, demoledora, sus piernas larguísimas, cierto aire condescendiente al mirarte. Ocurre que no te mira, que no advierte que estás ahí aterido como un insecto, a la espera de una palabra amable o un roce fortuito que no va a producirse. Tú crees que es una mujer bandera que se ha sentado junto a ti porque eres un tipo irresistible y vas a esperar; vas a esperar a que se cumpla el destino que es caprichoso y excéntrico. Ha cesado la música que es una balada que recuerdas pero no puedes precisar dónde la escuchaste, seguramente en otra ciudad y con otra amante menos altiva. En el primer fotograma aparece él, tu actor admirado de pie en el interior de una habitación donde el viento mueve una cortina en los ventanales. Él rebusca alterado, casi enloquecido, en los cajones de un viejo secreter de palisandro. Suda, extrae el primer cajón de un tirón y busca de nuevo en otro mueble de forma frenética. De la calle la atronadora tortura de una gran ciudad. Es Nueva York. Yo estoy sentado en mi butaca y quisiera que mi admirado se tranquilizase o encontrara pronto lo que busca. Le va a dar un infarto o algo peor. Sudo, mi amante que no es mi amante pero pudiera serlo no mueve un músculo, no percibo ni siquiera el hálito imprescindible de su respiración. Tener una amante así no sé si es buena cosa. Mi actor admirado no debiera vivir en Nueva York. Es una ciudad febril. Él tiene una edad y tiene un apartamento que es muy pequeño aunque esté en Nueva York o, precisamente por eso, porque está en la ciudad de ciudades. Alguien come golosinas y el sonido de la bolsa impide oír lo que dice mi actor admirado. Es un palabro que dice para sí, vamos a suponer que dice puñeta o my god, que es muy americano. No perdono a los tipos que van al cine con bolsas de golosinas. Se ha serenado aunque no parece que se dé por vencido, sentado en un sillón de piel auténtica baja la cabeza y se mesa el cabello como si friccionara una idea que pugna por salir pero no logra concretarse. Él está seguro que lo que quiera que buscase lo dejó ahí bien envuelto debajo de las mudas, en el rincón izquierdo del primer cajón y si fue en el segundo -cosa que no creo- estaba ubicado en idéntica posición. La cámara toma un primer plano y se nota con toda precisión cómo ha envejecido. Su gesto característico parece impostado debido a un reguero de estrías que, entre el labio y la barbilla muestran su edad aunque esté muy maquillado porque de qué modo maquillan a los actores de su porte. También tú has envejecido con él. Sientes una especie de camaradería, comprendes su desespero. Al levantarse del sillón se dirige con semblante fatigado al mueble bar donde se sirve un quisqui. En dos pasos está mirando por la ventana apartando con la mano la cortina díscola, pensando que la ciudad es un insecto encogido en sí mismo, aterido, frágil y vulnerable como él mismo lo es, como yo mismo que miro desde mi butaca el fotograma ampliado de una película inmortal.

Una mujer de piernas larguísimas entra en la habitación casi de un modo inaudible, con el calculado sigilo de las mujeres fatales. Él -mi actor admirado- se gira impactado, se le cae bruscamente la copa de quisqui. Ella muestra una pequeña pistola que bien pudiera estar en un viejo secreter de palisandro. Dispara. Una sola vez. Él cae mirándola aún. Todavía mirándola. La ciudad de Nueva York ignora la vida de sus hijos. Mi amante que no es mi amante se levanta de su butaca y sonríe. l

En el primer fotograma aparece él, tu actor admirado de pie en el interior de una habitación donde

el viento mueve una cortina en

los ventanales

Él tiene una edad y tiene un apartamento que es muy pequeño aunque esté en Nueva York o, precisamente por eso, porque está en la ciudad de ciudades

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